El éxito de ‘Backrooms’ no parece explicarse únicamente por sus pasillos amarillos, sus luces fluorescentes o el origen viral de una leyenda nacida en internet. La película de A24, dirigida por Kane Parsons y protagonizada por Chiwetel Ejiofor, ha llamado la atención por convertir los espacios liminales en una experiencia de horror psicológico, pero una lectura reciente plantea que su inquietud también puede venir de un lugar mucho más cercano: la sensación contemporánea de vivir atrapados en promesas rotas, trabajos precarios y futuros cada vez más estrechos.
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¿Qué ansiedad moderna refleja ‘Backrooms’?
En un artículo publicado originalmente por The Conversation y retomado por The Independent, los académicos Sophie James y James Cronin analizan por qué ‘Backrooms’ puede resonar con tantas personas en este momento. Para ellos, el horror de la película no comienza cuando Clark, el personaje de Chiwetel Ejiofor, entra al laberinto de habitaciones interminables, sino antes, en la vida que ya lo tenía cercado.

Clark es presentado como un arquitecto frustrado que termina administrando una tienda de muebles en decadencia. Su negocio se encuentra en mal estado, los clientes escasean, las cuentas se acumulan y su vida diaria parece reducirse a repetir el mismo ciclo dentro de un espacio que ya no ofrece salida. La dimensión de los Backrooms solo vuelve visible, de manera extrema, una sensación que el personaje ya cargaba.
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El texto sostiene que muchos espectadores pueden reconocer esa experiencia: estudiar, trabajar, aspirar a una vida estable y aun así terminar atrapados en empleos poco satisfactorios, con movilidad económica limitada y miedo a quedar obsoletos. En ese sentido, ‘Backrooms’ usa el laberinto como escenario de terror, pero también lo convierte en una imagen física de la precariedad.
El laberinto como metáfora de futuros bloqueados
Los autores relacionan la situación de Clark con el concepto de “claustropolitanism” (claustropolitanismo), desarrollado por el teórico social Steve Redhead. La idea describe una condición cultural en la que las personas se sienten como ciudadanos encerrados, sujetos a circunstancias que parecen imposibles de modificar, con sueños cancelados antes de poder cumplirse y con la sospecha de que el futuro será peor que el presente.
Desde esa lectura, los Backrooms funcionan como una metáfora directa: los personajes caminan sin detenerse, atraviesan pasillos, habitaciones y espacios repetidos, pero no llegan realmente a ningún lugar. Hay movimiento, pero no progreso. La imagen coincide con una ansiedad muy reconocible en una economía de alta presión, donde muchas personas sienten que trabajan, se adaptan y resisten sin encontrar una salida clara.
El artículo también señala que esa frustración no se queda dentro del personaje. Clark no es presentado solo como víctima, sino como alguien que desplaza su resentimiento hacia quienes lo rodean. Involucra a empleados mal pagados en una situ
El verdadero horror no está solo en los pasillos
La lectura de Sophie James y James Cronin vuelve más interesante el éxito de ‘Backrooms’ porque explica por qué una premisa aparentemente extraña puede sentirse tan familiar.

La película toma una leyenda de internet sobre espacios imposibles y la conecta con miedos muy actuales: aislamiento social, expectativas fallidas, inseguridad económica y pérdida de control sobre la propia vida.
Ese enfoque también dialoga con lo que Kane Parsons ha dicho en otras entrevistas sobre su interés por la memoria, la percepción y la mente humana. El director no ha planteado ‘Backrooms’ solo como una historia de sustos, sino como una experiencia de terror ligada a lo psicológico y a la forma en que los espacios pueden activar recuerdos, ansiedad y desorientación.
Por eso, el laberinto amarillo de ‘Backrooms’ puede inquietar más allá de su estética. No se trata solo de imaginar a alguien perdido en una dimensión imposible, sino de reconocer una sensación menos fantástica: avanzar todos los días, moverse sin descanso y aun así sentir que ninguna puerta conduce realmente a otra parte.
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