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RESEÑA: Midsommar: El Terror No Espera La Noche | El psychological/folk horror de Ari Aster

El segundo largometraje del cineasta estadounidense guarda analogías, pero también divergencias respecto a su anterior trabajo

Con Midsommar: El Terror No Espera La Noche - 98%, Ari Aster reafirma las cualidades mostradas en El Legado del Diablo - 96% (Hereditary), su filme debut del año pasado; vertidas ahora en un relato el cual combina el terror psicológico con elementos propios del folk horror, subgénero caracterizado por tener lugar en ámbitos rurales, siendo estos suelo fértil para desarrollar relatos en torno a tradiciones y ritos ancestrales que sobreviven hasta nuestros días; o escenarios donde imperan mitos y supersticiones nacidos del folklore popular (de ahí su nombre); u ominosos secretos y conductas anormales ocultadas (o incluso alentadas) por los habitantes de esas comunidades apartadas de las grandes ciudades, de la tecnología y de la modernidad en general… o una conjunción de todos los anteriores.

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En su segundo largometraje, el director norteamericano cuenta la historia de Dani (Florence Pugh), una joven que está pasando por un momento complicado en la relación con su novio Christian (Jack Reynor). Tras plantear esto, Aster procede a preparar el terreno para un primer shock por medio de mensajes alarmantes que Dani recibe de su hermana los cuales le preocupan mucho, sobre todo cuando intenta comunicarse con ella sin conseguirlo. Poco tiempo pasa para que la protagonista (y el espectador) descubra que esos mensajes eran el macabro prólogo a una terrible tragedia, a raíz de la cual su familia perece, dejándola sumida en un insoportable duelo y una profunda depresión.

Cuando llega el verano, la joven descubre -de modo accidental- que Christian, junto con un pequeño grupo de amigos, tienen planeado viajar a Hårga, un remoto poblado en Suecia, por invitación de Pelle (Vilhelm Blomgren), uno de los integrantes de ese grupo y oriundo de ese lugar. El fin del viaje no solo es vacacionar, sino también presenciar el Midsommar, una celebración que tiene lugar allí cada 90 años, la cual resulta de especial interés para uno de ellos: Josh (William Jackson Harper), quien está elaborando una tesis sobre festividades y tradiciones milenarias. Tras una breve discusión, Christian se ve forzado a invitar a Dani a unirse al viaje, aunque dicha decisión no es muy bien recibida ni por Josh ni por el miembro restante del grupo, Mark (Will Poulter), quienes no sienten mucha simpatía por ella.

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Finalmente, todos ellos guiados por Pelle, emprenden la travesía hasta la remota comunidad, y allí se encuentran con un pueblito apacible, de belleza bucólica donde el tiempo parece haberse detenido siglos atrás, y con una vibra un tanto new age, porque todos sus habitantes visten con ropas tradicionales de color blanco, los reciben cordialmente con música tradicional y permanentes sonrisas en el rostro, e incluso no ven con malos ojos que los recién llegados consuman alucinógenos. De hecho, los invitan a quedarse y acompañarlos en sus festividades. Y desde luego, ellos aceptan.
Su estancia es en principio placentera hasta iniciado el festejo, y al asistir a cada una de las distintas ceremonias que lo conforman, descubren que en realidad son rituales de naturaleza pagana los cuales incluyen consumo de ciertas sustancias enervantes, ritos sexuales y/o mágicos y diversas ofrendas y sacrificios… algunos de ellos humanos. En ese punto, y cuando varios de ellos -ya asustados- desean huir de allí, descubrirán (para su desventura) que los pobladores no los dejarán ir tan fácilmente, y les tienen deparado un propósito especial a cada uno de ellos.

A diferencia de su anterior película donde las acciones ocurrían casi siempre de noche, en espacios cerrados y apoyado por un diseño sonoro especial para crear atmósferas inquietantes, aquí Aster opta (apoyado por el cinefotógrafo Pawel Pogorzelski) por un diseño visual mucho más pictórico, privilegiando tomas muy abiertas, con luz natural y escenarios idílicos, con bosques que se pierden en el horizonte pero los cuales tampoco son retratados como lúgubres y amenazantes, sino todo lo contrario. Es decir, propone que el horror no emane de sus escenarios, sino de lo que en ellos va ocurriendo, y sobre todo, de la anormalidad de la conducta de sus habitantes, quienes llevan a cabo actos bizarros y escabrosos con una naturalidad y júbilo estremecedores, desafiando la razón y la moral de los foráneos… y del espectador promedio.

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En ese aspecto, más que aterrar, la cinta perturba al revelarle al espectador la histeria colectiva arraigada en las entrañas de una comunidad que degeneró en culto. Y es allí donde el personaje de Dani juega un papel de gran importancia en la trama.
Al encontrarse emocional y anímicamente afectada por la reciente tragedia que acaba de vivir, al padecer continuos episodios de angustia y ansiedad derivadas de ello; al ir cuesta abajo en su relación íntima con Christian; y al aparentemente no contar con amigos verdaderos, Dani se encuentra en una situación altamente vulnerable. Y al llegar a Hårga arrastrando todos estos conflictos, se topa con una comunidad cuyos miembros no la juzgan ni la rechazan ni la ven con lástima, sino por el contrario le ofrecen su amistad y comprensión, la animan a participar de sus actividades cotidianas, la alientan a integrarse a sus festejos e incluso “comparten” su dolor en grupo y (como si se tratase de un psicodrama) rompen en desconsolado llanto colectivo junto con ella en cierta escena. Todo esto termina por generarle una catarsis tras la cual sufre una transformación (o quizás sea mas certero decir, una sublime transfiguración).

Como ocurría con El Legado del Diablo - 96%, de nuevo tenemos como personaje central a una mujer quien sufre un hecho traumático, acarreándole un sufrimiento intenso y agónico y hundiéndola en una profunda crisis la cual magnifica las patologías intrafamiliares, y que al pasar por una serie de experiencias anómalas y extremas, desemboca en tétrica “purificación” cuyo clímax es una delirante metamorfosis. Y para representar tal complejidad de emociones y matices, se hacía necesario la presencia de una gran actriz. En su ópera prima Aster contó con Toni Collette. En Midsommar: El Terror No Espera La Noche - 98% el peso recae en la inglesa Florence Pugh, quien saltase a la fama por su magistral interpretación de Katherine en Lady Macbeth - 85% (Oldroyd, 2016) y acaba de ser invitada para integrarse al MCU, interpretando a un personaje en la próxima película de Black Widow a estrenarse en 2020.

Otro recurso que Aster empleó en El Legado del Diablo y vuelto a utilizar aquí es el uso de un leitmotiv para ir anticipando (a manera de velados spoilers) lo que veremos más adelante en la trama. En su filme debut, era una casa de muñecas; aquí se trata de una serie de pinturas incluidas en diferentes escenas. Aún más, se arriesga a darnos una rápida mirada a la totalidad de la trama, en un grabado que aparece en primer plano justo al inicio de la trama.

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Quizá el único defecto que se le pueda ver a Midsommar: El Terror No Espera La Noche es su tendencia a engolosinarse un poco en si misma, como lo prueba sus casi dos horas y media de duración (su primer corte fue de tres horas y 40 minutos, y ya se reveló que el director elaboró un nuevo corte, 30 minutos más largo que la versión actual). Y sin embargo, se justifica por la necesidad de desarrollar y ahondar en los estados de ánimo, conflictos internos y la psique de sus personajes, y como estos evolucionan al transcurrir la historia. Además, la tensión y la claustrofobia del relato conforme este avanza van aumentando de intensidad, la cual es acentuada por la partitura compuesta por Bobby Krlic (también conocido como The Haxan Cloak), y como el espectador en algún punto ya se ha encarrerado con la historia, no prestará atención a su duración.

Sin embargo es importante señalar que Midsommar: El Terror No Espera La Noche - 98% no es una cinta de horror para todos los gustos. En especial no es recomendable para aquellos que prefieren consumir producciones de horror más elementales, buscando cosas parecidas a las sagas de El Conjuro - 86%, Annabelle - 29% o derivados similares. No se trata de un filme de sustos efectistas y efímeros pero inocuos al final del día; sino de una obra la cual opta por crear una narración y atmósferas perturbadoras y desquiciantes, que incomoden y permanezcan en la mente del espectador por mucho tiempo.

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