La tragedia de amar
¿Alguna vez te has detenido a pensar en qué es lo que hace a una historia de amor cautivadora? Cada año, en la literatura, el cine, la televisión y demás medios llegan decenas de propuestas del género romántico; algunas logran dejar huella en el colectivo y se vuelven parte de la cultura popular, llegando incluso a moldear un ideal artificial de “lo que deberíamos aspirar” los seres humanos a la hora de compartir nuestra vida con alguien. En el polo opuesto, hay otros títulos que pasan sin pena ni gloria, pero independientemente del éxito o fracaso de estas se podría decir que comparten en mayor o menor medida los mismos ingredientes, siendo la tragedia esa cereza en el pastel que nos hace volver a estas historias como si de un adicto a la morfina se tratase.
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El componente trágico en el romance se puede manifestar de muchas formas: un amor prohibido, la diferencia de clases sociales, la muerte de uno de los amantes (o de ambos), un triángulo amoroso, la distancia, una ruptura dolorosa, las infidelidades, entre muchas otras variantes. En La Novia de Frankenstein, la película de 1935 dirigida por James Whale, precisamente la secuencia más recordada es la más trágica y triste: cerca del final del filme, cuando los científicos logran darle vida al cadáver de la mujer pensada para ser la compañía de la criatura creada por el Dr. Frankenstein, esta grita de terror y rechaza tomar su mano a pesar de que, en teoría, son el vivo reflejo del otro, demostrando que a veces ni compartir todas las similitudes posibles con la otra persona basta para sostener un vínculo amoroso.
En Frankenstein, la novela escrita por Mary Shelley, aunque no está presente el componente romántico de forma directa vemos como la criatura anhela con desesperación la conexión humana y el pertenecer, pero está condenado a vivir en eterna soledad por el rechazo que genera su apariencia física. Y este es un tropo que ha sido replicado por otras producciones de diferentes géneros precisamente por la universalidad del conflicto; aunque no seamos un cadáver andante de dos metros de altura todos nos hemos llegado a sentir en mayor o menor medida como él, en un mundo cada vez más superficial donde la idea de conectar con los demás parece sacada de una civilización pasada.

Cambiando la historia
En el segundo largometraje de Maggie Gyllenhaal, ¡La Novia!, la actriz y directora estadounidense retoma ambas narrativas para ofrecernos lo que sin lugar a dudas es la propuesta más arriesgada y excéntrica de la temporada, dándoles la oportunidad a Frankenstein y la Novia de averiguar como sería su relación en un escenario de tipo “¿Qué pasaría si…?” ambientada en el Chicago de los años 30. Teniendo estos componentes en la mezcla, el filme podría haber recreado la típica narrativa de “un roto para un descosido” que hemos visto replicada hasta el cansancio en el género, pero, satisfactoriamente, elige siempre tomar el camino menos transitado y convertirse en una bestia única que rechaza encajar en el molde.
Sin ahondar demasiado en pasajes de la trama que es mejor descubrir uno mismo, el flechazo entre ambos está lejos de ser “amor a primera vista”. La Novia, interpretada en esta versión por la actriz nominada al Óscar Jessie Buckley, al ser traída de vuelta a la vida ha perdido todos los recuerdos de su vida pasada y se muestra desconfiada de las intenciones de Frankenstein, la criatura a la cual da vida Christian Bale. Y es así como da inicio una dinámica moralmente cuestionable en la que el personaje de Bale comienza a inventar memorias falsas para acercarse a lo que el considera la respuesta divina a su soledad.
Diseccionando el cerebro de Frankenstein
Aunque las mentiras de Frankenstein colocan al espectador en una posición incómoda de “¿Debería apoyar esto o no?”, lo cierto es que tampoco es muy difícil empatizar con su situación (al menos hasta cierto punto). Después de vivir durante años sufriendo el rechazo de la sociedad, hasta el ser más cuerdo se volvería loco, y sin embargo este acto desesperado de la criatura solamente revela que aún hay humanidad en él, tanto así que prefiere mentir antes que perder lo que podría ser su única oportunidad para sentir la calidez de una conexión.
Otro punto interesante de esta dinámica es el antecedente que se nos da, y que se va desarrollando conforme va avanzando la trama, del amor que tiene Frank por el séptimo arte. En diferentes escenas donde vemos al monstruo acudir a una sala de cine para ver alguna obra de lo que parece ser su ídolo y modelo a seguir, el actor ficticio Ronnie Reed (interpretado por Jake Gyllenhaal), podemos darnos cuenta de que su predilección por estas películas surge el anhelo interno que tiene por vivir la vida de ensueño que se muestra en la pantalla, una vida que lamentablemente nunca podrá estar al alcance de alguien como él. Más allá de eso, una conclusión que podamos extraer de estos momentos es que la idealización que tiene la criatura de Bale por el amor y encontrar a su otra mitad surge de aquellas escenas al estilo “viejo Hollywood” donde Ronnie Reed coquetea y baila con la actriz en turno.
Con todo esto en mente, ¿realmente podemos culpar a Frankenstein por querer imitar las imágenes que han sido su escape de la cruda realidad durante mucho tiempo? Es decir, todos los cinéfilos inevitablemente en algún punto de nuestra vida nos hemos sentido inspirados o conmovidos por alguna película y, aunque contamos con un mayor discernimiento para saber que solo se trata de una obra fantasía, tampoco podemos negar que es una fantasía en la que nos gustaría vivir, una en donde somos el héroe de nuestra propia historia.
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La autonomía de la Novia
Luego de un desafortunado incidente en un club nocturno, la pareja se ve obligada a huir y aunque ellos podrán no tener un rumbo claro, la historia de Maggie Gyllenhaal sí, y es en estos instantes donde los amantes comienzan realmente a formar un vínculo, uno imperfecto y lleno de excentricidades, pero también lleno de mucha complicidad, pues es en el momento en el que se convierten en fugitivos que finalmente abrazan su oscuridad interna y comienzan a vivir la vida como si el mundo les pertenecería, dejando atrás el miedo por un mundo que realmente nunca iba a hacer el intento por comprenderlos.
Es durante esta travesía frenética en la que la pareja da rienda suelta a sus más bajos instintos, y por un tiempo esa pasión es suficiente para mantener a flote el barco, pero eventualmente las cosas tienen que caer por su propio peso y luego de un encuentro con una pareja de detectives interpretados por Peter Sarsgaard y Penélope Cruz, la Novia comienza a cuestionarse muchas de las cosas que Frankenstein le había vendido como verdades absolutas y es así que la historia de amor de ¡La Novia! da un giro de 90 grados para convertirse en una historia sobre independencia y poder femenino que resulta mil veces más satisfactoria que lo que hubieramos obtenido si la narrativa se hubiera quedado conforme con darles a los amantes un final de cuento de hadas.
Al abandonar sus intenciones románticas es que tanto la película como los personajes hacen una metamorfosis: cuando surge conflicto entre nuestra pareja protagonista, la Novia finalmente se da cuenta que su existencia va más allá de ser el complemento de alguien más, ella no quiere ser la otra mitad de otra persona porque ya está completa. Y así que le declara a Frankenstein “no soy la Novia de Frankenstein, soy la Novia”, reclamando su lugar como la líder de su propia historia, lo que decida a partir de ahora será basado en el camino que ella decida tomar. Contra todo pronóstico, Frankenstein lo acepta y lejos de perder el encanto decide permanecer a su lado, ahora ambos deciden estar juntos por decisión propia, sin mentiras de por medio, ¿Acaso hay algo más romántico que eso?

Química de laboratorio
Por supuesto, en el inter de toda esta travesía por la que navegan nuestros queridos monstruos ocurren un sinfín de situaciones y conflictos que ponen en peligro su relación, pero lo que nunca está en juego es la credibilidad de los personajes y eso es gracias al excelente trabajo actoral que ofrecen Jessie Buckley y Christian Bale. En una película tan original y a la vez tan extraña y grotesca, es difícil pensar en otros interpretes sumergiéndose en la locura de Frankenstein y la Novia sin caer en la caricatura.
Tanto Buckley como Bale tienen sus momentos para brillar individualmente, con monólogos cargados de diálogos que siempre apelan a conmover al espectador o darle un gancho en el estómago. Además, se nota que estudiaron por meses a sus personajes y su mundo interno, lo que resulta en interpretaciones llenas de capas que nos dicen quienes son más allá del arquetipo, y muchas veces sin la necesidad de palabras. Al final, cuando los créditos comienzan a rodar sientes que has conocido a Frankenstein y la Novia desde una nueva perspectiva, una donde dejan a la vista de todos sus virtudes pero también sus defectos.
La química de la pareja en la pantalla es dinamita pura, y no lo digo gratuitamente; esta es la película romántica más anti-romance que podría haber, con mucho humor negro intercambiado por los monstruos, escenas que involucran vómito negro, mutilaciones, tensión sexual, movimientos de baile estrafalarios, gritos estridentes y litros de sangre. Es testimonio de la chispa entre ambos actores que en todo momento estemos invirtiendo en su historia y queramos que logran ser felices bajos su propios términos. Aunque la advertencia es entrar a la sala dispuesto a entrar en esa misma vibra camp, porque de lo contrario podrías juzgar de exagerados o histriónicos a ambos sin valorar que eso es parte del deleite de esta obra.
Los más puritanos estarán en desacuerdo, pero podríamos estar ante el Romeo y Julieta de nuestros tiempos. Uno que te lanza choques eléctricos de la pantalla a la butaca y cambia las flores y chocolates por cadáveres, balas y una lengua cortada (ya entenderás cuando la veas).
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