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RESEÑA | El Conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo | Una aburrición demoníaca

Lo predecible de sus sustos y la pobre habilidad del director para generar tensión resultan en una película insípida. No hay nada en esta producción que rememore la buena manufactura de las primeras cintas de la saga de horror creada por James Wan.

Para lograr generar terror, una película se vale de numerosos recursos, como el uso especial del sonido y el silencio, la construcción de una atmósfera particular, la creación de ciertas imágenes, el montaje de secuencias o la exploración de temáticas de distinta índole. Pero para la mala suerte de los fans de la saga El Conjuro, la nueva cinta que cierra la trilogía, El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo - 85%, desaprovecha casi todas las oportunidades de provocar tensión al espectador y prefiere favorecer al espectáculo de acción con sustos fáciles y efectistas que distan del legado de sus predecesoras.

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Dirigida por Michael Chaves, El conjuro 3 cuenta otro caso que involucró a los demonólogos Ed (Patrick Wilson ) y Lorraine Warren (Vera Farmiga). En esta ocasión, tras un exorcismo fallido, el par de investigadores paranormales deben ayudar al joven Arne Johnson (Ruairi O'Connor), quien asesinó a su casero debido a una posesión demoníaca. Para poder evitar que sea objeto de la pena de muerte, los protagonistas deberán encontrar pruebas de que tal suceso sobrenatural es real y, en su búsqueda, se cruzarán camino con una amenaza que no habían enfrentado antes.

Desafortunadamente, los espectadores encontrarán pronto que, a diferencia de El Conjuro - 86% y El Conjuro 2: El Caso de Enfield - 80%, la tercera entrega carece de secuencias o criaturas memorables. Casi todos los sustos que prepara Chaves en su filme resultan olvidables por lo poco preparados que están y lo inconexos que son respecto a los distintos puntos de la trama. Aunque hay contadas excepciones, a menos que el público esté muy encariñado con los personajes principales, no existe una verdadera razón para querer ver la película.

¿Qué quiere decir que los sustos no estén preparados? En las dos películas anteriores de la saga, James Wan, su director y quien regresó como productor para esta entrega, perfeccionó un estilo de montaje que favorece la tensión y que, si bien da paso a las famosas “jump scares” (el efecto de poner algo inesperado en pantalla y aumentar el sonido), aumenta el impacto de las secuencias y mantiene al espectador en alerta por más tiempo. Esto se consigue a través del montaje. Ese realizador pone en cuadro a sus personajes a cierta distancia del objeto sobrenatural del que “emergerá” el susto. Conforme se acerca a él, pone el movimiento de la cámara (o la falta del mismo) al servicio de la perspectiva de alguno de los protagonistas a través de paneos, seguimientos o acercamientos y casi siempre sin cortar el plano o con mínimos cortes. Así consigue mantener la tensión hasta romperla con algún efecto visual o de sonido.

Un ejemplo que seguro recuerdan es una de las primeras apariciones de la bruja Batsheeba de la primera película. En una secuencia, dos de las protagonistas están en un cuarto. Una de ellas se levanta y, como sonámbula, empieza a golpear su cabeza contra la puerta de un clóset cerrado. Esto lo vemos desde la perspectiva de su hermana, a la distancia desde la cama de ella, quien se despierta y se para para volver a acostar a su hermana. Cuando camina hacia ella, ya existe un sentido del “peligro” hacia el que está caminando, pero no pasa nada. No es hasta que ambas están por acostarse que la puerta empieza a azotarse sola. Una de las chicas vuelve a acercarse, la cámara la sigue y hay un acercamiento al clóset, cuando abre la puerta no hay nada dentro. El espectador parece haberse librado hasta que se revela, a través de otros dos acercamientos intercalados con un plano más abierto del personaje frente al clóset, que la bruja está encima del mueble. Entra el “jump scare” y la criatura se arroja sobre la heroína. Hay una escena similar en El Conjuro 2: El Caso de Enfield - 80% cuando uno de los niños empieza a lanzar un carrito de juguete hacia una mini-tienda de campaña en otro cuarto y algo se lo regresa. La cámara lo sigue, a través de un largo pasillo, cuando decide ir a investigar que hay dentro de ella, vuelve a lanzar el cochecito hacia dentro y cuando éste es regresado, y parece que no sucederá nada más, de pronto un grito gutural sorprende al personaje y al espectador.

Esta clase de secuencias y estilo del montaje no están presentes en El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo - 85%. Incluso cuando en algunas escenas Chaves parece intentar imitar los pasos de Wan no consigue el mismo efecto. Lo más cercano que logra es un montaje en una morgue. Ed y Lorraine, ella está en trance, se sitúan en distintos puntos de la habitación cuando aparece un grotesco cuerpo entre ambos. Él trata de despertarla mientras la criatura se prepara para atacar, lo que pone un estado de tensión, pero cuando se lanza por la protagonista (el "jump scare";) su esposo consigue quitarla del camino. Si bien aquí sí hay un claro suspenso, que reside en quién llegará primero a Lorraine, la duración no es la suficiente como para hacerla más intensa y darle más impacto al susto de ver a la criatura abalanzarse sobre ella. El ritmo, la repetición constante, y a veces engañosa, de ciertos elementos en escena son claves para alargar la tensión, como en los ejemplos que mencionamos, pero el nuevo director de la saga no se dio cuenta de ello. Hay muchos otros momentos en los que Chaves quiere sorprendernos, pero la falta de tensión provoca sustos fáciles y peor aún, al suprimir la anticipación y al carecer de un pista falsa antes del efecto (como abrir el clóset y que no haya nada adentro, o el coche que regresa al personaje sin mayor problema), se vuelven predecibles, lo que además arruina la sorpresa al público y da la sensación de ser familiar y por lo tanto aburrido.

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En algunas ocasiones, el uso de la luz se trata de usar para crear una atmósfera tenebrosa, particularmente en la secuencia final, pero la falta de tensión la vuelve más bien un detalle apenas estético antes que un recurso para el horror. Aunque cabe destacar que Chaves se esforzó por tratar de consolidar casi todas sus escenas en pleno día o en habitaciones bien iluminadas, dejando a un lado el lugar común de que todo ocurra en la oscuridad o en un cuarto en el que las luces explotan.

Temáticamente, la saga de horror usa las fuerzas demoníacas como amenazas de las relaciones familiares. En la primera cinta, El Conjuro - 86%, la bruja posee a una mamá e intenta hacerla asesinar a su propia hija, mientras que en la segunda, El Conjuro 2: El Caso de Enfield - 80%, es la pequeña Janet quien es usada como peón por un demonio para asesinar a Ed y causar daño a Lorraine. En la tercera, todos los temas quedan en segundo plano frente a un giro de tuerca satánico que también se siente desarticulado de las dos subtramas principales, la relación de los protagonistas y la de Arne (Ruairi O'Connor) y su novia, quienes son las víctimas en esta ocasión. Aunque Wilson y Farmiga hacen maravillas con sus papeles, el poco desarrollo que les da el guion vuelve a dejar a El Conjuro 3 como la más plana de la franquicia.

El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo - 85% es simplemente aburrida y está poseída por el demonio de lo predecible e imperdurable de sus sustos. Es mucho más perturbador cuando al final se nos revela que el verdadero Arnie apenas fue sentenciado a cinco años de prisión tras apuñalar a un hombre 20 veces e, irónicamente, crea una atmósfera más aterradora durante sus momentos finales cuando se reproduce el audio original del exorcismo de los Warren del que supuestamente resultó poseído. El filme está ya en cines.

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