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Por qué el final de Mujer Maravilla 1984 es poco convincente (y raya en lo clasista)

Vamos a discutir las razones por las que el filme de Patty Jenkins resulta tan divisivo y cómo cae en el mismo problema que denuncia.

No cabe duda de que una de las secuelas más esperadas de 2020 era Mujer Maravilla 1984 - 76%. El filme de Patty Jenkins, que trae de regreso a la amazona Diana (Gal Gadot), prometía ser el espectáculo del verano, pero fue otro sueño arrebatado, primero por la pandemia, y luego por un libreto turbulento que acabó siendo poco satisfactorio. ¿Por qué nos resulta difícil aceptar el desenlace de la segunda aventura en solitario de la superheroína? Eso vamos a discutir aquí.

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Escrita por la propia Jenkins y Geoff Johns , Mujer Maravilla 1984 tiene su conflicto central en Maxwell Lord (Pedro Pascal), un magnate fraudulento que adquiere la habilidad de conceder deseos a costa de su propia salud y a cambio de un alto costo personal. Al final de la película, consigue realizar una transmisión televisiva mundial con la que le es posible otorgar deseos a todo el mundo. Y, al final, la heroína lo detiene gracias a su Lazo de la Verdad, con el cual hace ver a él y al mundo que lo que ganaron a través del villano es irreal. De esa ilusión, no se benefician en absoluto y, por lo tanto, es mejor aceptar la realidad y renunciar a sus deseos.

Al contrario de lo que muchos dicen, en análisis pobres, el problema no es que Diana consiga resolver la película con un discurso y no con golpes, sino que es una figura que no tiene la credibilidad para convencer. ¿Por qué? Porque al igual que Max, la heroína es un ente mágico haciendo promesas sobre cómo las cosas mejorarán si el público acepta “la verdad” y reconoce como falso el camino fácil que ha tomado. En papel, esa lección suena muy bien, pero en ejecución pierde fuerza al dejar de lado los factores sociales que llevan a las personas a buscar una “salida fácil”.

¿Qué están tratando de combatir Jenkins y Johns? Aunque ella ha sido muy clara en que no ideó a Lord como una versión de Donald Trump, y hay que reconocer que consigue evitar una parodia explícita del mandatario, es perfectamente posible interpretar que está denunciando la demagogia de ese presidente. Las promesas de soluciones sencillas a problemas complejos, como la construcción de un muro (que incluso es el deseo de un personaje en el filme), el cabello rubio y peinado hacia atrás, la idea de un magnate de dudosa fortuna que además es una estrella de televisión y su popular frase “life is good, but it can be better”, que guarda similitud con la pegajosa “make America great again”, permiten establecer esa analogía.

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El filme adelanta, en su primera secuencia en Themyscira, la moraleja de la fábula que aspira a ser: ganar con trampa no es ganar, el mérito es de quien se lo gana y no hay que tomar salidas fáciles porque esto representa un autoengaño. El problema es que Mujer Maravilla 1984 - 76%, y esta idea meritocrática, no toman en cuenta la disparidad social que hay en todo el mundo y que impide a la gente acceder a herramientas que le permitan “ganarse” de “forma correcta” las cosas que desean.

Casi todos los deseos que se hacen en el filme parten del ego y son superficiales. Lord quiere ser un exitoso hombre de negocios, no porque necesite el dinero, sino porque quiere aparentar ser un ganador ante su hijo. Una chica pide ser famosa, alguien más pide millones de dólares, un hombre le desea la muerte a su jefa, otro muchacho desea ser rey de su nación. Y sin duda, todos ellos suenan verosímiles, suenan a cosas que deseamos o hemos oído a otros decir a la ligera que les gustaría tener. Pero lo que Jenkins y Johns ignoran es que todos son síntomas de, o tienen su base en, sociedades desiguales y no son el problema en sí.

Mujer Maravilla, lejos de ser el antídoto, es un ejemplo perfecto de esa disparidad. Ella es una semidiosa, hija de Zeus y la reina de las Amazonas. Es guapa, inteligente y popular. Tiene toda clase de privilegios literalmente divinos y mágicos. Ella no se gana sus poderes, nació con ellos. Esa es una de las incoherencias fundamentales del discurso de la película. Por un lado, nos quiere decir que debemos ganarnos las cosas y por el otro nos dice que debemos hacerle caso y creer en una figura que no lo hace, que no entiende de la necesidad económica o inestabilidad social que están detrás de algunos de los deseos que hacen las personas del mundo.

No todos tienen la misma oportunidad de ganarse las cosas, porque no todos tienen acceso equitativo a los recursos para hacerlo. La directora desconoce que una razón por la que la gente sigue a figuras mentirosas, sean presidentes o estafadores, es porque la “verdad”, valor sobre el que pretende girar toda Mujer Maravilla 1984, no es bonita ni placentera para todo el mundo, ni está plagada de problemas superficiales como quedarse sin novio. Eso es lo que la hace poco convincente. ¿Por qué un joven soldado en Siria, por poner un ejemplo extremo, renunciaría a su deseo de tener más armas que sus enemigos para ganar la guerra (deseo parecido al que dos personajes hacen en el filme, por cierto) sólo porque, literalmente, una princesa mágica le dice que “la verdad” es mejor?

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La forma en la que el libreto subestima los complejos problemas sociales, que sirven como base la para la demagogia y que son explotados con fines políticos por personajes como Trump en la vida real y por Lord en el filme, es el principal obstáculo de Mujer Maravilla 1984. Al final del día, al igual que Lord, Diana es un ser mágico que con sus poderes convence a la gente de hacerle caso a ella. Los hace aceptar su realidad, sea cual sea, sin importar si es justa o pacífica.

A través de Barbara Minerva, más tarde Cheetah, la villana secundaria de la película interpretada por Kristen Wiig, Jenkins más o menos intenta abordar la desigualdad percibida por quienes siguen a líderes populistas y demagogos. En la escena en la que finalmente se une a Lord, y en la que derrota en combate a la amazona, la antagonista lo dice: “la gente como tú siempre lo ha tenido todo, ahora es mi turno. Acostúmbrate”. El problema es que la película jamás profundiza en ella, ni en su sentimiento de ser inferior a Diana. Al contrario, trata ese conflicto a la ligera, sus problemas también son tratados como algo superficial, todo lo que ella quiere es ser popular y bonita. No resuelve el malestar ni la motivación que la lleva a dejarse convertir en un monstruo.

Algo similar sucede con Lord, en los momentos finales de la película, la propia Jenkins muestra cómo un violento entorno familiar y el acoso resultado de la xenofobia son algunos de los elementos que convierten al personaje de Pascal en lo que es. Pero esto se aborda en un montaje muy breve, una vez más, la directora y guionista deja de lado esos factores sociales, los cuales considera poco importantes y más bien anecdóticos, cuando podría argumentarse que son su propia razón de ser.

Por supuesto, es imposible que una sola película haga propuestas para resolver todos los problemas del mundo, pero esa ambición del filme de Jenkins y Johns por creer que sí le puede decir a la gente del planeta entero que no sea floja o complaciente, sin atender sus carencias o complejidades individuales en específico, no sólo es la razón por la que el desenlace no es convincente, sino que es otra razón por la que gente que vota por personajes como Trump ve a otras alternativas como “elitistas”. En el filme, previene al público de entender cómo todos y cada uno de los personajes que hace un deseo decide renunciar a él de repente.

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Si hablamos de Minerva, por ejemplo, nunca vemos su redención, no hay motivo por el que podamos entender por qué renunciaría a su deseo de ser igual de popular y poderosa que la heroína. Y tampoco hay forma en la que, objetivamente, se pueda “ganar” esas virtudes que le envidia a Diana, como la moraleja de la película nos dice que en todo caso tendría que hacer. Desestimar ese rencor y tacharlo de mero berrinche es justo lo que consiguió que un gran sector de la población mundial girara a la derecha en los últimos años. Lo que es peor en la película: tampoco la vemos pagar las consecuencias de sus actos, ni a ella ni a Max. Esto sólo ayuda a un tener un sentido todavía menor de resolución.

No es que no sea importante aceptar la verdad. Más que nunca, tras la toma del Capitolio en Washington del pasado 6 de enero, es importante ponerle un alto a los líderes que esparcen mentiras y crean ficciones como supuestos fraudes electorales. Al igual que Lord hace de Cheetah una criatura peligrosa, Trump hizo de sus seguidores una amenaza. Creer que las razones detrás de sus actos no son más que mera “envidia” a los más privilegiados es simplista y esa actitud condescendiente sólo los empuja más al lado de las mentiras. Una vez más, la propia Barbara lo dice en un diálogo sarcástico cuando Diana le advierte que no sabe las consecuencias que los deseos podrían tener: "pobre tonta de mí, no podría posiblemente entenderlo". Por cierto, jamás se resuelve el conflicto entre ambas. La amazona simplemente la vence en combate, gracias en parte a la heredada (ojo a esto, la hereda, no se la gana ni la forja ella misma) armadura dorada de Asteria, y cuando volvemos a ver a la antagonista ya ha perdido sus poderes y, suponemos, renunciado por alguna misteriosa y conveniente razón a su deseo.

Mujer Maravilla 1984 - 76% ignora por completo la complejidad, tanto de la demagogia como de la desigualdad social que la alimenta. En su ambición por ofrecer un símbolo de verdad y esperanza universal más bien acaba por validar y proponer ideas clasistas, la meritocracia, como soluciones. Es el equivalente a Paris Hilton poniéndose una playera que diga “dejen de ser pobres” o a Gadot y sus amigos cantando “Imagine” para “aliviar” la crisis económica, social y sanitaria producida por la pandemia. Es, irónicamente, aspirar a una salida fácil, irreal e ilusa.

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