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RESEÑA: Mujer Maravilla 1984 | Codicia y nostalgia a la "Glow"

La secuela de Mujer Maravilla repite a los protagonistas originales y agrega a dos nuevos personajes que sin duda se roban las mejores secuencias del filme de Patty Jenkis.

En 2017 una película protagonizada por una superheroína, interpretada por Gal Gadot y dirigida por Patty Jenkins, unió a fans y críticos al unísono en un coro de elogios a Mujer Maravilla - 92%, reivindicando en taquilla y en reseñas por igual a una maltrecha y mal narrada pretensión de universo cinematográfico de DC. Fue un blockbuster que desde su nacimiento denotaba un corte clásico, de narrativa clara y limpia, humor dulce capaz de cautivar a la audiencia, pero con una protagonista fascinante, espectacular en sus maniobras, vulnerable y compasiva ante el dolor ajeno. Su éxito fue un hito importante, solo comparable a la aclamada trilogía Dark Knight de Christopher Nolan, aunque en la tónica de un Richard Donner. Con un presupuesto mayor a la película antecesora (US$200 millones), Mujer Maravilla 1984 - 76% ha emulado el encanto de la cinta de 2017, ya no como una película de origen, sino de madurez y crecimiento.

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El filme de Jenkis estrena en un año que parece consecuencia de un plan maquiavélico articulado por singular villano de cómic. Aun si se dejan de lado las discusiones sobre el modelo de lanzamiento elegido por Warner Bros –estreno simultáneo en cines y el streaming de HBO Max–, la secuela inicia con un riesgo: repite a los protagonistas de la primera película delante y detrás de las cámaras. Mujer Maravilla 1984 - 76% sugiere desde su título un desplazamiento temporal de la Primera Guerra Mundial (que vimos en la película anterior) a un período de estabilización de potencias mundiales, pese a la Guerra Fría, en la década de 1980, época dilecta para creaciones “vintage” que tantos frutos ha dado recientemente en títulos como Stranger Things - 96% (en streaming), o hasta Ready Player One: Comienza el Juego - 78% (en cines), de Steven Spielberg, por poner dos casos venturosos.

1984, año crucial en la evolución cultural de las fuerzas militares en el mundo, ya con una carrera armamentista donde tienen lugar los nuevos desafíos de Diana, la princesa Amazona, la más joven de una estirpe de guerreras del reino conocido como Themyscira. Ah, y claro: hija de Zeus. No ha envejecido un día en décadas, como suele acontecer con los dioses grecolatinos, y ya se encuentra integrada a una sociedad como antropóloga en un museo, siguiendo la naturalidad de la vida posmoderna: automatización de rutinas en el día a día, tanto a nivel íntimo como laboral. Su misión: hacer de su melancolía un hábito que la consagra a lo ordinario, transformando al heroísmo al que fue llamada en un arte de anonimia. La pérdida de Steve Trevor (Chris Pine), inevitable y símbolo de la impotencia que entrañan sus poderes, la presentan como un Sísifo para la cultura pop: jamás recuperar lo perdido, no importa cuánto se esfuerce.

Desde sus coloridos pósters hasta sus primeros tráilers, Mujer Maravilla 1984 - 76% prometía regalarnos nostalgia y humor al estilo de la década de 1980, siguiendo su tendencia a contrarrestar la negrura del universo DC y asumir en la luz lo que tanto se esmeraron en sepultar en oscuridad los prosélitos de Snyder. Lo consigue por momentos gracias a su especial cuidado en la estética visual del filme (un tanto retrofuturista); al vestuario y peinados altos fijados con spray; entorno muy a la Glow que le permite a Jenkins (Exposed, 2015; Monster: Asesina en Serie - 82%, Mujer Maravilla - 92%) abordar varios temas. Algunos se le salen de las manos: el sexismo, la sororidad, el capitalismo desenfrenado, el amor paterno-filial y la corrupción de la naturaleza humana en general, siempre tratada con ese tono de hippie de superación personal a la Carlos Cuauhtémoc Sánchez, sin profundizar en el contexto de cada situación, lo que los hace lucir como situaciones menos importantes que los colores del traje de la heroína.

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En el lado positivo, uniéndose a la atlética Gal Gadot y al carismático Chris Pine, Pedro Pascal y Kristen Wiig se divierten componiendo una antología de villanos de ocasión, más accidentales que consecuentes. Si Pascal sabe exactamente en qué película está, jugando con la excéntrica personalidad de Maxwell Lord, también es un placer ver a Wiig dotando a Bárbara de inocencia y nerviosismo, de un encanto sin pretensiones, transmutando gradualmente a mujer fatal en pleno control de su autoestima, para ​​finalmente convertirse en la villana Cheetah, con habilidades a la altura de la heroína. De hecho, la interacción inicial entre Diana y Bárbara, más la presentación del ambicioso Maxwell, opaca por completo la floja justificación del regreso de Steve Trevor. Los villanos, en realidad, no son tan villanos: son víctimas de su yo maltratado por las circunstancias y, sobre todo, por la seducción de un mal que ensombrece a toda la película: el poder y el control.

Como personaje central y alma de Mujer Maravilla 1984 - 76%, la fragilidad, la debilidad humana y el conflicto interno de Diana sobresalen, incluso en escenas de acción como los juegos de apertura en la isla paradisíaca y las persecuciones en las carreteras en Egipto. Gal Gadot sigue emanando gracia, empatía y el estilo de la superheroína con todo lo entrañable, bobo y memorable del personaje. Pascal como Maxwell logra entregar a un fraudulento emprendedor salido de la nada sin escrúpulos, frustrado y hambriento de poder, capaz de esparcir el miedo, la venganza y soluciones fáciles y poco duraderas para acumular un infinito poder, que atrapa a la misma Bárbara. Esa nerd que desea ser como Diana: inteligente, sexy y especial, pero cuyo peligroso deseo la empuja a convertirse en la villana.

Entonces no es difícil saber por qué era importante para Jenkins revivir al personaje de Pine junto a Gadot. La pareja continúa transmitiendo la química que habíamos presenciado en Mujer Maravilla - 92%, y la sola presencia de Pine le da una sensación de redondez a una historia caótica.

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