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El cine mexicano estrenado en agosto 2018, bajo el escrutinio de la crítica

Nuestros especialistas invitados nos hablan sobre los mejores y peores momentos del cine nacional que arribó a la cartelera… y nos dan un avance de aquel que está por venir.

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El cine mexicano estrenado en agosto 2018, bajo el escrutinio de la crítica

Nuestros especialistas invitados nos hablan sobre los mejores y peores momentos del cine nacional que arribó a la cartelera… y nos dan un avance de aquel que está por venir.

POR Fco. Javier Quintanar Polanco -

Durante agosto y septiembre, en la cartelera comercial se registraron cifras récord en lo referente al cine mexicano que consigue su estreno comercial: 11 producciones y coproducciones nacionales (11 en cada mes) arribaron ya fuera a las salas de los dos más importantes consorcios de cine en México, o bien a las salas más representativas del circuito cultural encabezadas por la Cineteca Nacional.

De forma paralela, en agosto y septiembre respectivamente se llevaron a cabo la segunda edición del Día Nacional de Cine Mexicano y la primera edición de la Fiesta del Cine Mexicano. En ambos festejos, se incluyeron los preestrenos de diversas producciones mexicanas que llegaron a la cartelera a lo largo de ese bimestre, y que llegarán en el presente mes.

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Y como se acostumbra en esta sección, le pedimos a varios especialistas del medio cinematográfico que nos compartan sus impresiones sobre el cine mexicano que fue estrenado en cartelera durante los dos meses pasados. También nos dan sus comentarios sobre los festejos mencionados líneas arriba. Y asimismo, uno de ellos nos comenta sobre los filmes nacionales que se presentaron este año en los festivales de Venecia y Toronto, brindándonos así un vistazo al cine mexicano que esta por venir.

Gerardo Gil Ballesteros - Periodista y crítico cinematográfico. Catedrático en CECC y la UIC. Imparte también talleres en Cinespacio24. Considera que toda la vida es sueño y los sueños cine son.

Agosto de cine mexicano; entre el Ya Veremos y el Tiempo Compartido

Agosto mes que puede ser una radiografía de la cinematografía nacional. Con sus públicos diversos y desigualdad en el reparto y tiempo de pantalla, se llevó a cabo apenas el pasado miércoles 15 el Día Nacional del Cine Mexicano, las cuales dieron inicio a una serie de proyecciones que se llevaron a cabo hasta el 24, que tienen como fin promover la cultura fílmica mexicana.

Una de las sedes principales fue la Cineteca Nacional, donde se proyectó en una copia remasterizada El castillo de la pureza. Obra que significó el paso a la madurez del cascarrabias ex demandante del crítico y académico Jorge Ayala Blanco, por el texto dedicado a Mentiras Piadosas, allá por 1991.

Sala llena y boletos agotados por parte, sobre todo de estudiantes de cine con aspiraciones de filmar el próximo reygadazo o influencia intelectual y corte-edición Griffith de los tres amigous en el mejor de los casos.

Pero este público de nicho no representa el grueso del respetable. El mes inicia con un filme que será la delicia de las autoridades cinematográficas el próximo año -con todo y cambio de administración- dados sus resultados en taquilla: la cursi y complaciente Ya Veremos - 50% de Pitipol Ybarra, genio incomprendido del nuevo churro mexicano, heredero de la narrativa más edificante de La Rosa de Guadalupe.

Actúan (es un decir), Mauricio Ochmann, Fernanda Castillo y el niño especialista en higadeces Emiliano Aramayo. Con todo y lo anterior, el niño actor es lo menos malo del filme. Así las cosas.

Relato sobre un pre-adolescente que está próximo a ser invidente por una enfermedad (Aramayo) y que pide a sus padres separados Ochmann y Castillo, una serie de deseos antes de ser émulo de José Feliciano.

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Según datos de Canacine, la película en su cuarta semana de exhibición y que comprende del 24 al 26 de agosto lleva acumulado 3.89 millones de pesos, con 160.46 mil asistentes. Todos seguros seguidores de La Casa de las Flores (Manolo Caro, 2018).

Pero a pesar de los denodados esfuerzos por caer en la narrativa más convencional de nuestra cinematografía – Los Ojos de un Niño (Tulio Demicheli, 1980)- queda como Opus Mayor comparado con esto; la dura batalla por el churro nacional la da la mexican high school movie, Plan V - 31%.

Heredero de los géneros cinematográficos gringos, la película cuenta la historia de Paula (Natasha Dupeyrón), una chava que luego de ver como su novio lo engaña con su representante, decide conocer universitarios vírgenes, ya que considera, ahí encontrará el verdadero amor.

Premisa que descubre las influencias intelectuales de buena parte de los realizadores que hacen cine mexicano, la película decanta por fallidos gags que pretenden copiar la comedia estadounidense. El público la ha premiado con una permanencia digna en taquilla, lo cual pone de nueva cuenta la gran necesidad de la formación de audiencias críticas.

Pero no todo se dirige al triste panorama del cine comercial, con marcada influencia televisiva. Cuatro estrenos nacionales dan un poco de esperanza sobre el lugar donde el público (esa entelequia) desea ver a nuestra cinematografía.

En primer lugar está el filme Los Adioses - 82% sobre las vicisitudes de género de la escritora mexicana Rosario Castellanos (1925-1974). En una primera etapa interpretada por Tessa Ia y en su etapa adulta y más intensa por la galardonada Karina Gidi.

A pesar de que a Natalia Beristáin le pesa o la absorbe el discurso feminista y deja de lado el amplio ambiente cultural en el que se forma Castellanos y que solo esboza en el filme, la película debe de ser medida bajo otra vara: la de un cine de propuesta que apuesta por un público mucho más culturizado.

Lo anterior, no deja de lado, que más que un drama sobre la libertad y el proceso creativo, parece que vemos una adaptación didáctica de Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus.

El psico-Thriller –político de ficción Mente Revólver - 60%, sobre la supuesta liberación de Mario Aburto (Baltimore Beltrán) sirve como marco para hacer una reflexión sobre la violencia actual en México. La película fluye a nivel narrativo de manera ascética, más que correcta, y se atreve a plantear una premisa arriesgada. Marginada casi a proyecciones exclusivas en Cineteca Nacional, ojala el filme sea descubierto por el público.

Después de más de diez años desde su concepción hasta su estreno comercial, Ana y Bruno - 80% puede convertirse en un parteaguas de la animación nacional.

La melancólica historia sobre una pequeña, Ana (Galia Meyer) que ve a su familia desmoronarse por una tragedia del pasado, mientras comparte sus desgracias con el sibilino monstruo Bruno (Silverio Palacios, excepcional como siempre) resulta una nueva propuesta en cuanto a los límites que la animación hollywoodense marca y que tiene adocenado al grueso del público: personajes complejos, melancólicos, ambientes depresivos, siguen la línea de los personajes que Carlos Carrera le ha dado a su cinematografía. ¿Es para niños? Para los pensantes, sin lugar a dudas. Aquellos acostumbrados y sensibilizados al consumo per se, evítenla.

Por último queda la propuesta de plano y de manera afortunada comercial además de bien lograda y no exenta de varias capas en su lectura Tiempo Compartido - 95%, sobre las vanas promesas de un capitalismo feliz en el que está como marco una villa hotelera que deben compartir una familia rota, encabezada por Pedro (Luis Gerardo Méndez – prófugo de Javi-) y su fría esposa Eva (Cassandra Ciangherotti), además de su pequeño hijo.

Pedro explota cuando debe compartir su espacio vital, con el troglodita ordinario Abel (Andrés Almeida) y su molesta prole (¿es políticamente incorrecto escribirlo?). La villa funciona como microcosmos social.

En medio de esta tragedia cotidiana, pero no por eso menor, el ex entretenedor y ahora en crisis mental Andrés (Miguel –no entendí la película por mi discurso en el Ariel- Rodarte) debe sobrevivir al fracaso y melancolía.

En su segunda película, Sebastian Hofmann da muestras de contención, economía y firmeza narrativa. Tiempo Compartido es un retrato sólido de las tragedias de la clase media actual y sus grandes dramas y pobres aspiraciones.

Tal vez no sean un taquillazo como Ya Veremos. No importa, los cuatro anteriores filmes: Los Adioses, Mente Revolver, Ana y Bruno y Tiempo Compartido, son el verdadero rostro del cine nacional. Aquel que busca audiencias pensantes. Y que deben compartir, de paso, las pantallas con el hollywoodazo nuestro de cada día y con propuestas fílmicas mexicanas herederas de lo peor de la TV.

Yesenia Torres - Periodista. Ha trabajado en Canal 22 y RCN. Colabora en Revista Encuadres, en la Gaceta de Canal 22 y en el área de prensa de Diamond Films México.

En silencio y con una campaña publicitaria casi nula o nula, se estrenó en Cineteca Nacional Mente Revolver, opera prima de Alejandro Ramirez Corona, egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM.

Ni el título, ni el póster, ni el tráiler ayudan a sospechar que esta cinta se trata de una posibilidad ficcionada sobre la vida de Mario Aburto, el hombre a quien el gobierno mexicano acusó de haber asesinado a Luis Donaldo Colosio. La historia cuenta que el asesino no cumple su condena (como en la vida real lo hizo) y cómo al salir de la cárcel se involucra con un joven sicario y una mujer en condición de calle para de nuevo comienza a inmiscuirse en más crímenes.

Alejada del drama y con silencio abundante, la película construye tres grandes personajes con una misión en la cinta claramente definidos. El asesino en libertad, la loca de la calle y el joven que tiene que termina por convertirse en un criminal debido a las duras condiciones que vive en casa. Para ello, el director no necesitó recurrir al discurso dramático para evidenciar el infierno interior en el que viven los personajes. Entiendes sus circunstancias gracias a lo que el ojo cinematográfico es capaz de revelarnos y al gran trabajo actoral de Baltimore Beltrán, Bella Merlín y Hoze Meléndez. Las historias se cuentan por personajes y su interacción es nula, pero podemos entender claramente porque las vidas de este trío están directamente relacionadas.

En este sentido, saber que la película se trata de un personaje real no es prioridad, sino un plus. Sin saber que este trabajo simula la vida de uno de los asesinos más famosos en la historia de México, resulta un gran trabajo cinematográfico que te atrapara en las circunstancias de los personajes presentados, además de crear escenarios realmente tensos que muchas veces resultan seductores para el espectador.

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En el universo de Ramírez Corona no hay malos ni buenos. Hay descontrol, hay violencia y demencia. El director sabe muy bien que el mundo de la locura no se puede acotar a los parámetros del bien o del mal.

A la par del gran trabajo en cuanto a guión y dirección actoral, el cuidado en cuanto a producción y fotografía es realmente admirable. Realmente nos encontramos en una historia que además de encontrarse entre la realidad y la ficción, también hace que el público se encuentre sin explicarse, en la frontera entre México y Estados Unidos.

Se agradece que el cine nacional explote (y que además lo haga con calidad) buenas historias alejadas del modelo dramático. Eso es justamente lo que hace Mente Revolver.

Alma Aguilar Funes - Comunicóloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Periodista, investigadora y productora de televisión en diversas instituciones públicas y privadas como TV UNAM, Voces Contra el Silencio, Milenio Televisión, TV Azteca y el CCC. Actualmente se desarrolla como investigadora fílmica en la Cineteca Nacional, además de colaborar con la revista electrónica Encuadres.

Septiembre es particularmente nacionalista, pues se celebra el movimiento armado conocido como Independencia de México. Todos sacamos los colores patrios a relucir en nuestros atuendos y las banderas adornan puertas o ventanas en nuestras casas, aunque no se guarde en estricto sentido el amor al prójimo mexicano en el día a día, por ejemplo, en el metro. Lejos de esto, ¿quién pela al cine nacional? Estas son algunas de las impresiones que tuve al ver el cine hecho en México estrenado el mes de agosto y septiembre.

Empiezo con Tiempo Compartido, una película de Sebastián Hoffman (Halley, 2012) protagonizada por Luis Gerardo Méndez y Miguel Rodarte. La cinta tuvo su presentación en el Festival de Cine de Sundance y, como lo han anotado críticos y público asistente, tiene una mezcla entre la comedia y el Thriller psicológico y algunos de sus aciertos se muestran entre ambos géneros, pero yo ubicaría los principales en la realización. La fotografía, la producción y las actuaciones son los fuertes. Es justamente el elemento de los encuadres y desplazamientos de cámara los que recuerdan al cine de Stanley Kubrick, como en la secuencia en la recepción del hotel, donde se aprecia un plano general desplazándose hacia adelante y luego viendo hacia abajo en una toma picada, acentuando lo diminutos que quedan los personajes en el emporio donde están metidos, como si los problemas que se avecinan fueran tan grandes que apenas si pueden ser apreciados por sus protagonistas.

Sin embargo, diré que el cineasta no logra equilibrar el uso de los dos géneros antes mencionados, lo cual deja a medias la película y no define el público al que quiere dirigirse. Parece una mezcla de “vean este cine de arte que no tiene por qué ser aburrido, así que le metimos personajes y situaciones tipo La familia Peluche para hacerlo más dinámico”. Así, las escenas intimistas presentadas por las parejas Méndez-Cassandra Ciangherotti y Rodarte-Monserrat Marañón pueden ser realmente historias de profundos dolores y vacíos emocionales que pierden impacto al volverse los personajes una especie de víctimas de una conspiración.

Es una buena propuesta y aunque Hoffman ha madurado tras Halley en cuestiones cinematográficas, aún le hace falta reconsiderar cómo abordar los temas de su interés para tener un estilo más auténtico.

Otra que prevaleció en cartelera fue la esperada Ana y Bruno, de Carlos Carrera (La mujer de Benjamín, 1991; Sin remitente, 1995; El crimen del Padre Amaro, 2002), recordado por su cortometraje El héroe (1994), ganador de la Palma de Oro en Cannes de 1994. Sorprendente desde el inicio, la cinta trata la historia de la pequeña Ana y su madre, quienes son dejadas aparentemente por unos días en una casa de descanso. Sin embargo, Ana descubrirá que están junto a un montón de locos que ven extraños personajes con los que ella puede interactuar. El problema real ocurre cuando Ana y su madre son atacadas por un monstruo de fuego sin que nadie les crea, por lo que Ana escapará para buscar la ayuda de su padre.

Debo decir que mi primera impresión fue de sorpresa pues, aunque la animación dista mucho de la realizada por la famosa Disney-Pixar o los reconocidos Estudios Ghibli que han impuesto estándares de elevada calidad, está a gran distancia de la que hasta ahora habíamos visto en cintas como Los Huevocartoons, Las leyendas de la Nahuala, La leyenda de la llorona, La Leyenda del Charro Negro - 50% o las del Santos. El ejercicio de realización es de reconocerse, pero no tendría el mismo impacto sin el relato adaptado por Flavio González Mello de la novela de Daniel Emil. En una historia que aunque parece dedicada al público infantil, muestra realidades muy oscuras y terribles que enfrenta el ser humano.

En el circuito cultural se pudo ver también el documental independiente Alejandra o la Inocencia de Vlady (Fabiana Medina, 2017), un ejercicio cinematográfico que busca retratar la historia del pintor ruso-mexicano Vlady quien pintó un cuadro en honor a una guerrillera asesinada en 1975 durante la guerra sucia en México. La película aborda la relación que hubo entre el pintor y la revolucionaria, la cual se traza con testimonios y un poco de material de archivo que enriquecen la narración. A pesar del interesante gesto de este documental, al final sientes que estás viendo un trabajo para la televisión.

En septiembre también se exhibió Cuernavaca - 22% (Alejandro Andrade Pease, 2017), una cinta intimista sobre el mundo de un niño llamado Andy, cuya suerte se transforma cuando su madre tiene que ser internada por un accidente. Mientras ella se debate entre la vida y la muerte, el niño será enviado a Cuernavaca donde vivirá con su insensible abuela materna (Carmen Maura) y con su padre, a quien poco conoce. Aunque bien realizada, sobre todo en la destacada fotografía de Fernando Reyes Allendes y el trabajo actoral que logra un buen equilibrio, la cinta recuerda a Verano 1993 - 97% (Carla Simón, 2017), pero sin alcanzar la empatía que logra la película catalana.

Otro documental que se estrenó en el período es el impactante Hasta los Dientes - 100%, realizado por Alberto Arnaut, egresado de Comunicación Social de la UAM y maestrante de Cine Documental por el CUEC. Esta opera prima de largometraje es una investigación que Arnaut emprendió en 2011, luego de enterarse por las noticias de que un antiguo amigo de la infancia había sido asesinado junto con otro joven a manos del Ejército nacional. El suceso, ocurrido en 2010, se justificó por parte del gobierno mexicano al afirmar que se trataba de dos sicarios armados “hasta los dientes”, aunque en realidad se trataba de dos alumnos de excelencia del Tecnológico de Monterrey.

La cinta es un trabajo intenso de investigación, en el que se cuenta con el testimonio de padres, familiares, amigos y estudiantes del Tec, así como material de archivo sobre la investigación que muestran la brutal realidad que azota abiertamente al país desde hace más de una década. Mediante un elaborado discurso, es difícil evitar la indignación al ver este trabajo cinematográfico que busca arrojar luz sobre las mentiras del gobierno y del propio instituto educativo que envolvieron los asesinatos de Javier Francisco y Jorge Antonio. El filme, que se presentó en el festival Ambulante, es una obra imperdible, sumada a las voces que exigen esclarecimiento de los hechos y justicia, pues lejos de convertirse en un documento sensacionalista, reporta con veracidad y sustento un hecho de ineptitud y cobardía.

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En septiembre se estrenó también una película que bien podría ejemplificar por qué muchos mexicanos piensan que el cine conocido como “cultural” es aburrido. Me refiero a Ruinas tu Reino (Pablo Escoto, 2016), retrato del viaje de unos pescadores a través del Golfo de México, en cuya trayectoria se puede percibir el desasosiego y la soledad que los acompañan día con día. Sin ánimo de descalificar al cineasta, este largometraje requiere de mucha paciencia por parte del espectador, quien podrá observar tomas con varios minutos de duración en los que sólo se presenta el agua ondulante con un poco de brillo sin música ni narración, algo que más allá de una sofocante sensación de ansiedad no revela el hilo negro de la realización o la narración cinematográfica.

Mientras que en el circuito comercial se estrenaron los títulos Malacopa - 63% (Armando Casas, 2018) y El Día de la Unión - 22% (Kuno Becker, 2018). La primera, dirigida por el actual director de TV UNAM me recuerda a la historia general de Viva Mi Desgracia (Roberto Rodríguez, 1943), una comedia ranchera protagonizada por Pedro Infante en la que gracias a un brebaje llamado “Animosa” pasaba de ser un hombre hiper tímido a un bravucón desvergonzado. Y bien, la cinta de Casas va en el mismo sentido, pues cuenta la historia de Mateo Pino, un arquitecto muy tímido que tras ser amenazado de no perder una oportunidad en el trabajo bebe una pócima que su papá le heredó y gracias a la que se convierte en un alocado galán. La historia está mal estructurada, en general ha recibido pésimas críticas, no se salvan las actuaciones ni la dirección. En general es una pérdida de tiempo, lo cual resulta triste siendo de un cineasta que hasta ahora no ha hecho gala de su formación.

Por su lado, El Día de la Unión es el segundo largometraje de Kuno Becker, acerca de un taxista, interpretado por el mismo Becker, quien por causa del destino es testigo del derrumbe del hotel Regis y de otros edificios de la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. La cinta, que se estrenó en el fin de semana cercano al aniversario del terremoto, era, en voz de su director, un homenaje a las víctimas y a los rescatistas de ese terremoto y del ocurrido el año pasado; sin embargo, sus buenas intenciones no trascendieron a nivel cinematográfico y la cinta es más bien aburrida, mal hecha, mal actuada y sensacionalista. Pérdida de dinero y de tiempo.

El cine mexicano se sigue produciendo, uno es muy bueno, otro es muy malo, casi nunca hay términos medios, pero es importante consumirlo porque es parte de nuestra cultura e historia. Eso sí, hay que buscar las mejores opciones porque “el horno no está para bollos” y si es necesario elegir, yo recomiendo que busquen más allá de las que se presentan en las salas comerciales. Para nuestra fortuna, las películas que acá nombré duraron hasta tres o cuatro semanas en cartelera, algunos títulos incluso siguen, así que a consumir nuestro cine.

Jorge Negrete - Crítico de cine para Butaca Ancha, Cine Premiere y Forbes México.

La volátil madurez del cine mexicano

Ha sido un año muy favorable para el cine mexicano que se ha presentado en festivales internacionales, prueba de ello fueron los estrenos que varias películas mexicanas tuvieron en los festivales de Venecia y Toronto, que incluyeron a la vitoreada Roma de Alfonso Cuarón, la polarizan Nuestro Tiempo de Carlos Reygadas así como la presentación de Las Niñas Bien de Alejandra Márquez y basada en el libro homónimo de Guadalupe Loaeza, La Camarista de Lilia Avilés y la ya premiada en Berlín, Museo de Alonso Ruizpalacios, basada en el famoso robo al Museo de Antropología en los años 80; todas ellas películas que tocan desde distintos ángulos un problema que el reciente proceso electoral en México dejo nuevamente sensible: el clasismo, sus raíces e implicaciones.

El inamovible andamio social que impera en la cultura mexicana nutre de forma particular las visiones de Cuarón, Márquez y Avilés, y actúa de forma periférica, pero visible, en las películas de Reygadas y Ruizpalacios. Partiendo de la revisión que Museo - 89% hace de la identidad nacional como un perpetuo coming of age, México parece estar estancado en la promesa de prosperidad que solamente ha colmado a una minoría que a veces es capaz de excluir y devorar a sus propios miembros, como el matrimonio de Sofía (Ilse Salas) y Fernando (Flavio Medina) en Las Niñas Bien que después de la crisis de 1982 provocada por las débiles fauces de López Portillo, pero su destino no es ni de lejos, la miseria, sino más bien una holgada realidad de clase media como la que vive la familia para la que trabaja Cleo (Yaritza Aparicio) en la majestuosamente minuciosa Roma de Cuarón, quien en sus labores de empleada doméstica y de nana encuentra un lugar que, en visión de Cuarón, le da un hogar; visión que dista mucho de como ve su labor la tenaz Eva (Gabriela Cartol) de La Camarista, empleada de un opresivo hotel de lujo en la Ciudad de México que ve en su trabajo al servicio de las cúpulas más altas de la sociedad una necesaria prisión construida en principios e ideología que también constriñen al despreciable Juan (Carlos Reygadas) en Nuestro Tiempo - 60%, el virulento hombre que deseaba controlar su entorno cual viril toro, pero solamente queda evidenciado como un triste e impotente hombre.

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Existen distintos niveles a los cuales todas estas películas pueden establecer un diálogo entre ellas, e incluso con otras, pero el contexto social y político en el que salen resulta coyuntural por varios motivos. Además de un componente temático, las películas comparten un alto nivel de calidad, lo que nos puede hacer pensar que aún con los complejos reinantes en la cultura mexicana, podemos decir que quizá nuestro cine se encuentra en uno de esos raros años en los que alcanza la cotizada madurez, que quizá se nos escape el año siguiente.

Alberto Acuña Navarijo - Colaborador de Cinema Móvil y el programa radiofónico Derretinas de la barra Resistencia Modulada de Radio UNAM.

Tras un largo periodo con una oferta de cine mexicano más bien escasa en cartelera (entre mundial de futbol, resaca electoral y los primeros movimientos significativos al interior de la Secretaría de Cultura), en los últimos dos meses la cuota de estrenos comerciales aumentó considerablemente: en agosto se pudieron ver 11 cintas y en septiembre otras tantas, todas ellas formando un rico crisol.

Así, en las semanas más recientes, se transitó lo mismo por un pesimista documental acerca de la aparente imposibilidad de la reinserción social tras un pasado carcelario y el destino prefijado directo a la caída, protagonizado por un trío de improvisados raperos de talento innato en Mexicanos de Bronce (de Julio Fernández Talamantes) que por una comedia romántica encabezada por un actor sin trabajo ni mucha suerte en sus relaciones personales en Recuperando a mi Ex (de Gabriel Guzmán), pasando por un hipnótico viaje sensorial a bordo de un modestísimo barco camaronero en el cual el tiempo se dilata, se distorsiona, en la experiencia fílmica Ruinas Tu Reino (de Pablo Escoto).

Sin embargo, en septiembre la atención por parte de la prensa especializada definitivamente recayó en la celebración de la primera edición de la Fiesta del Cine Mexicano, una extensión impulsada por CANACINE del Día Nacional del Cine Mexicano festejado el pasado 15 de agosto (iniciativa que busca dejar de ver la reconciliación del público con su cinematografía como una quimera sino como una posibilidad).

Cierto, a diferencia de ese tímido primer intento por reconocer a nuestra maltrecha industria -realizado el año pasado- el cual se limitó a ser un maratón en Cineteca Nacional de películas contemporáneas apreciables pero prematuramente gastadas tipo (tipo Güeros o Quebranto); esta ocasión el número de proyecciones gratuitas, sedes y actividades fue rebosante, y se aprovechó el marco para el preestreno de algunos filmes que darán de qué hablar en los siguientes meses, como Tamara y la Catarina - 100%, de Lucía Carreras (con su entrañable relato de solidaridad y aceptación de la otredad en ambientes hostiles), Noches de Julio, el debut de Axel Muñoz Barba (y su delicado retrato de incomunicación y anonimato urbano con su personaje que busca proyectarse en la vida de desconocidos) y Restos de Viento, de Jimena Montemayor Loyo (con su sensible historia sobre el duelo y la pérdida de la inocencia al interior del núcleo familiar).

Cierto también que, ya hablando específicamente de la Fiesta del Cine Mexicano, esta logró convocar al espectador con una selección de cine comercial demasiado reciente (como la convencional boy meets girl A Ti Te Quería Encontrar, de Javier Colinas o la cinta de posesiones El Habitante, de Guillermo Amoedo). Empero, ambas propuestas no dejan de sentirse como una ocurrencia, como un paliativo que no ataca de raíz -ni pretende hacerlo en algún momento- los consabidos problemas de exhibición y distribución del cine mexicano, como eventos hechos al vapor para la congratulación institucional.

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Si hay algo que rescatar de esta primera edición de la Fiesta del Cine Mexicano, es que este fue el espacio para el estreno del que podemos considerar el primer momento verdaderamente notable de este año para el cine mexicano: Hasta los Dientes, ópera prima de Alberto Arnaut. Y es que no sólo se trata de la crónica puntual y pertinente de uno de los cientos de casos arrojados por la guerra contra el narcotráfico que van perdiéndose en el olvido, sino que tenemos a un director quien tempranamente se revela como un buen narrador que va desmontando por capas el relato en una estructura que va de lo particular a lo general, para demostrar cómo la impunidad lo anega todo.

Así, Arnaut recupera la historia de Javier Francisco Arredondo Verdugo y Jorge Antonio Mercado Alonso, los cuales hace ocho años pasaron para fines oficiales de ser dos estudiantes clasemedieros de excelencia académica del Tec de Monterrey a un par de peligrosos sicarios, esto tras su tortura y asesinato a manos de militares en medio de un malogrado enfrentamiento contra el crimen organizado. Y para ello, el director debutante va haciendo una radiografía de cómo la sociedad regiomontana fue alcanzada por el miedo y la confusión, desde aquellas primeras secuencias de vena más íntima que retratan habitaciones vacías, pasillos, carreteras (con claros ecos al cine de Tatiana Huezo, con esos espacios que buscan evocar emociones y las voces en off reflexivas), hasta los momentos más aciagos (las respuestas opacas de las autoridades del Tec, los testimonios de los padres describiendo esas horas fatídicas en el servicio forense, ese militar que no permite que sigan grabando con sus celulares a las personas que se encuentran guareciéndose dentro de una tienda en plena balacera...), reservándose cierto leit motiv convertido en el gran hallazgo del filme: el video de una cámara de seguridad de la propia universidad el cual el director manipula, descontextualizando y resignificando las imágenes registradas al mismo tiempo que advierte lo sencillo que es fabricar las verdades históricas en este país.

Paradójicamente, en septiembre también se estrenó una fuerte candidata al título de peor película del año; la desastrosa Princesa, una historia verdadera, sexto y espaciado largometraje del veterano Óscar Blancarte y el indigno trabajo póstumo de Evangelina Elizondo. Ya cuando a los diez minutos de iniciada la película se descubre con azoro que dos de las actrices se equivocan y mutuamente se cambian los nombres de sus personajes, se sabe que se está ante una obra insólitamente descuidada e improvisada, sospecha que se confirma cuando la torpísima ambientación nos quiere hacer creer que los departamentos aledaños a la Glorieta de Insurgentes y una mansión ubicada en la ciudad de San Luis Potosí, coinciden en el mismo espacio. No importa que la trama (la cual narra el choque generacional y de clases entre dos hermanas octogenarias que pasan el resto de sus días discutiendo por cierto novio de juventud que ambas compartieron y el cuarteto de inquilinos buenos para nada del departamento que estas rentan) sea bien intencionada, cuando existe un lenguaje cinematográfico por demás rudimentario, una dirección de arte pobre, un montaje confuso y personajes irritantes (¡ese caricaturesco izquierdista que roba libros de Mao Tse-Tung!). Mejor manera de explicar los claroscuros del cine mexicano, imposible.

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