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RESEÑA | Drácula: Mar de Sangre | Un Drácula con colmillos de plástico

Incluso teniendo los ingredientes perfectos y una receta aparentemente infalible, la película se queda a la deriva en altamar al no poder capitalizar los horrores de uno de los mejores capítulos de la obra de Stoker

A pesar de tener a bordo una apasionante historia sacada de una de las novelas más trascendentes para la literatura gótica, un escenario ideal para que el terror inunde la pantalla (¿qué cosa es más enigmática e intimidante que el mar por las noches?) y un elenco más que capaz para darle vida a una tripulación encaminada a la tragedia, Drácula: Mar de Sangre - 35% es un navío que lamentablemente termina por hundirse en las profundidades del olvido al no lograr aportar algo que no se haya visto con anterioridad en otras iteraciones de la icónica criatura de la noche. Con Renfield: Asistente de Vampiro - 74% debutando con críticas mixtas hace unos meses y la llegada a salas internacionales de esta nueva propuesta, el Conde Drácula y los vampiros están teniendo su año más difícil desde que estrenó la primera adaptación de la saga Crepúsculo, con Universal Studios claramente enterrando más profundo la estaca en el corazón al no saber que hacer con el personaje después de los intentos fallidos por arrancar su Dark Universe con Drácula: La historia jamás contada - 22% y La Momia - 16%.

Te invitamos a leer: Drácula: Mar de Sangre ya tiene calificación de la crítica

¿De qué trata?

Drácula: Mar de Sangre está basada en el capítulo El Diario del Capitán, de la clásica novela Drácula de Bram Stoker de 1897, y la historia se desarrolla a bordo de la embarcación rusa Demeter, que fue contratada para transportar una carga privada compuesta de veinticuatro cajas de madera sin marcar, partiendo desde Carpatia a Londres. La película detallará los extraños eventos que le sucedieron a la tripulación, mientras intentaban sobrevivir al viaje por el océano, acechados cada noche por una presencia aterradora a bordo del barco. Cuando finalmente llegó cerca del puerto de Whitby, estaba abandonada, no había rastro de la tripulación. La película está dirigida por André Øvredal (Trollhunter - 82%, La Morgue - 86%, Historias de Miedo para Contar en la Oscuridad - 77%) y está progatonizada por Corey Hawkins, Aisling Franciosi, David Dastmalchian, Liam Cunningham, Chris Walley, Nikolai Nikolaeff, Jon Jon Briones, Stefan Kapicic y Javier Botet como el Conde Drácula.

Es realmente difícil hablar mal de este proyecto porque en él se encuentran los huesos de una adaptación cinematográfica sólida, algo que se ve reflejado en el alto valor de producción, las mejores intenciones de un director que anteriormente ha demostrado tener talento para el género y, por supuesto, el compromiso del elenco por aportar credibilidad con sus interpretaciones. Sin embargo, al final hay mucho de esos huesos y poca carne narrativa para que el Conde Drácula pueda hincarle los colmillos. En primer lugar, creo que la película se pone cómoda demasiado pronto, una vez que han pasado los primeros minutos y todo queda introducido para que la sangre comience a brotar, cae la primera víctima y la brutalidad del asesinato logra sacudirnos hasta la médula, arrancando el viaje de forma prometedora. Lamentablemente esa emoción se disipa con la misma velocidad con la que llegó, pues a partir de este momento todo comienza a seguir una fórmula o patrón: cada que cae la noche, uno de los miembros de la tripulación cae presa del vampiro y, por el día, el resto de marineros lidia con las consecuencias, así hasta que llegamos al acto final. Al captar la dirección en la que la cinta quiere ir, uno espera que en algún momento ocurra un giro que subvierta nuestras expectativas, pero este nunca llega y todo termina siendo tan predecible como aparenta inicialmente.

Póster oficial de Drácula: mar de sangre (Crédito: Universal Pictures México))
Póster oficial de Drácula: mar de sangre (Crédito: Universal Pictures México))

La representación de Drácula

Esa triste falta de sorpresa que compone al filme convierte lo que debería ser un tenso viaje a Londres en un completo tedio que nunca acelera nuestra frecuencia cardíaca y, francamente, llega a aburrir en algunos momentos. Uno de los tantos aspectos que convirtió a la obra de Bram Stoker en un clásico es la forma en que las palabras estimulan la imaginación del lector para que este se transporte al Demeter y sienta la amenaza de lo desconocido en cada página del relato. Como espectador, lo mínimo que podría esperar uno es una traducción fiel de esta vibra en la pantalla grande, pero (sorprendentemente) la dirección de Øvredal no pone el foco en un aspecto clave para lograrlo: la construcción de una atmósfera. En su lugar, el cineasta opta por un tono más encaminado a la acción, donde falsamente creé que logrará atemorizar mostrando todo explícitamente, jugando muy poco con la penumbra del entorno y lo lúgubre de la situación. Al final, llama la atención que la película se pusiera las limitaciones ella misma, pues aunque la locación en donde se desarrolla todo es una sola y el antagonista pueda salir únicamente por las noches al exterior, una nave de carga tiene muchas partes oscuras (calderas, habitaciones, pasillos) que nunca terminan por explotarse del todo. La tensión también se siente ausente en casi todos los momentos importantes, de un instante al otro un marinero se percata de que no se encuentra solo en la cubierta, rápidamente es atacado y listo, pasamos a la siguiente escena sin tiempo para que el peso emocional se asiente.

El as bajo la manga de la producción es, por supuesto, el mismo Drácula, cuyo diseño es suficiente para perturbar en los momentos que se nos permite verlo actuar. Ayuda mucho que la criatura no sea presentada completamente en CGI, y que el actor Javier Botet lo inyecte de vida a través de contorsiones y gesticulaciones faciales fuera de este mundo. No obstante, para una cinta con la palabra de Drácula en el título, sus apariciones a cuadro son muy breves y, aunque sus asesinatos no decepcionan al hacer un excelente uso del gore y los efectos especiales, no puedes evitar quedarte con la sensación de que Mar de Sangre necesitaba un poco más de su presencia para mantener todo a flote. El poder del personaje también se ve límitado por la escritura, cuando la luz del día se cierne sobre el Demeter nunca lo sientes como una amenaza omnipresente, sabes que está escondido en alguna parte del barco pero nada más, caso contrario a la novela de Stoker donde la desesperanza y angustia que causaba en los tripulantes era palpable las 24 horas del día.

La escritura, aunque no catastrófica, tampoco destaca particularmente y falla en entender los aspectos que hacen de Drácula un antagonista tan complejo e interesante. Los dos guionistas en turno, Bragi F. Schut (Escape Room: Sin Salida - 50%) y Zak Olkewicz (Tren Bala - 80%), olvidan por momentos que están en una película de horror y llenan el relato con largos monólogos donde se dice mucho y a la vez nada, e incluso intentan introducir comentarios sobre el racismo y el sexismo de la época que no conducen a nada, algo que habría elevado considerablemente la película por encima de la tarifa de terror estándar pero que, lamentablemente, quedan como una oportunidad perdida. Si hacemos de lado el decepcionante elemento sobrenatural de la cinta, el drama humano también se queda corto: las fricciones, desesperación y conflictos de los personajes no se desarrollan a profundidad a pesar de las casi dos horas de metraje, y por lo tanto nunca llegan a tener el efecto esperado en el espectador, despertando cuando mucho su indiferencia.

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Las actuaciones y las atmósferas

Pasando al apartado de las actuaciones, Hawkins y Dastmalchian son el corazón de Mar de Sangre y una de las principales razones por las que esto no cae en la categoría de “completo desastre”. Ambos hacen maravillas con el material que se les da, notándose verdaderamente involucrados en sus respectivos roles y aportando ese pequeño pero importante “extra” de emoción para hacer que el arco de sus personajes se sienta creíble. Por su parte, Franciosi es un elemento desigual en la película: en algunas escenas comparte una buena química con sus compañeros y despierta el interés por ver a dónde va a ir su personaje, pero en otros, la actriz se siente sobreactuada y te saca completamente de lo que se está viendo en la pantalla. En general, el resto del elenco hace lo que puede pero, nuevamente, la escritura es tan superficial que no les da mucha tela de donde cortar, pidiéndoles que cumplan en rol de marineros mal encarados que no tienen una pizca de personalidad o algún rasgo distintivo, funcionando únicamente como carne de cañón. Por esto mismo, el destino de ellos nunca llega a importarte del todo y cuando les llega su hora de morir a cuadro, el peso emocional es prácticamente nulo.

Entre otros aspectos, la partitura de Bear McCreary toca todas las notas correctas y te obliga a aferrarte al asiento con cada aparición de Drácula. Para ser un filme de horror veraniego, se nota que cada pieza musical fue preparada a detalle, exprimiendo todo el jugo posible de diversos instrumentos de cuerda que funcionan como un acompañamiento perfecto para los momentos más inquietantes. En contraste, la edición y duración final son un elemento que le termina pasando factura al producto, pues algunos cortes incómodos entre escenas llegan a cortar el ritmo que se estaba cocinando y el tratamiento que se le da a este capítulo del libro no logra justificar sus 118 minutos. Como lo dije en un inicio, el presupuesto siempre se ve reflejado en la puesta en escena: los efectos especiales, el barco y la fotografía son de primer nivel, es una pena que por diversos motivos no tuvieramos el suficiente espacio para poder disfrutarlos más.

Finalmente, Drácula: Mar de Sangre - 35% intenta morder al espectador con colmillos de plástico. Incluso teniendo los ingredientes perfectos y una receta aparentemente infalible, la película se queda a la deriva en altamar al no poder capitalizar los horrores de uno de los mejores capítulos de la obra de Stoker. Si la película tomara la forma de un festín de sangre, probablemente dejaría al Conde Drácula anémico.

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