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Hamburguesas de vacas sagradas: Interestelar

La épica de ciencia ficción de Christopher Nolan es presa de sus propias ambiciones y de su propia confusión emocional

Contrario a lo que parezca, no, este escrito no es de otro becario diciendo que tu película favorita no es buena para generar ragebait y provocar que le mientes a su querida progenitora en redes sociales. La intención del siguiente texto, con todo y su picaresco encabezado, es masticar un poco una película considerada sagrada por muchos pero que difícilmente amerita varios de los elogios que ha recibido. Interestelar - 71% de Christopher Nolan es el caso del día de hoy y creo que es importante volver a ver atrás a una cinta que muestra por igual las virtudes como los fallos del cineasta británico. Así que repito, no disparen antes de leer, que nadie viene a “netearlos” ni nada por el estilo.

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Interestelar - 71% no es para nada un filme repelente o que deba minimizarse en cuanto a lo que pretende lograr o sus logros, que los tiene. Estamos ante el vivo ejemplo de cómo enormes ambiciones narrativas pueden estrellarse estrepitosamente sin la brújula adecuada. Nolan está convencido de que su película le va a poner todos los puntos a las “íes” en cuanto al cine de ciencia ficción se refiere. Previo a su estreno se promocionó arduamente como una cinta del género que era realista y basada en conceptos y hechos científicos reales, todo esto gracias al asesoramiento de físicos y demás expertos en cuanto al espacio se refiere. Esto sin duda le daba un gran aire de credibilidad intelectual, el problema es que esto no fue utilizado de la manera correcta: no sirvió para construir un drama centrado que tuviera personajes y dinámicas que estuvieran realmente desarrolladas.

Sinopsis exprés:
Nuestro planeta se muere y aparentemente nadie hace nada para evitarlo. Cooper (Matthew McConaughey) no deja de mirar hacia las estrellas, en busca de una respuesta. Eventualmente esa respuesta llegará en forma de una misión a un agujero de gusano, por el cual se puede llegar a mundos que podrían ser habitables. La misión no será sencilla y Cooper tendrá que dejar atrás a su familia para poder vencer un reto que decidirá el destino de la humanidad.

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Todo eso no podría sonar más bello y emocionante, pero la película empieza a flaquear temprano con la relación entre Cooper y sus hijos, la cual es fría y plana por donde se le vea. Un supuesto fantasma que visita el cuarto de su hija (Mackenzie Foy, escena clave en la trama) rompe momentáneamente la vida de granja de Cooper. Nolan no quiere o no puede capitalizar esos primeros minutos de metraje, que se supone deberían ser clave para que nos interesemos en los personajes y sus dilemas. Cooper no es particularmente empático y a pesar de que después se busca desarrollar el vinculo con su hijo este careció desde un principio de bases solidas. Dicho sea en otras palabras, la idea que los hermanos Nolan tienen sobre la paternidad es en extremo cuadrada. Que las pautas emocionales en una cinta escrita por ellos y dirigida por Christopher sean tan ciegas, sordas y mudas no es novedad, pero aquí se convierte en uno de los principales fallos del guión.

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El otro problema de Interestelar se puede definir de dos maneras: como un sincero descalabro del guión al no saber ordenar sus ideas o como una trampa maliciosa diseñada para atrapar a los espectadores a través del chantaje emocional. Todo el discurso pro-ciencia de la película es un espejismo, un mero truco y solo un recurso para llenar el metraje de diálogos de exposición que eventualmente empiezan a sonar a ruido blanco. La ciencia de la cinta no sirve de nada porque está en servicio no de la historia, sino al servicio…del amor.

En la que es sin duda la escena clave de la trama, el personaje interpretado por Anne Hathaway da uno de los discursos más cursis, melodramáticos y cuestionables en la historia del cine de ciencia ficción. La única mujer científica de la misión para salvar a la humanidad invoca no a la razón o a la ciencia, sino al amor como la mayor fuerza que mueve al hombre. Esto debería ser una bandera roja para todos y “todxs” los que detestan que las mujeres sean estereotipadas como demasiado emocionales en las cintas de Hollywood. El personaje declara que el amor puede ser la evidencia de alguna “enorme dimensión” que quizás no vemos. Una fuerza que trasciende el tiempo y el espacio. Acto seguido, Hathaway saca el cetro lunar y se transforma en Sailor Moon, lista para pelear y castigar a los malos en el nombre de la luna.

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Ok, eso último no ocurre pero lo cierto es que, si ese discurso tenía buenas intenciones estas no solo no aparecen, el discurso termina por contradecir todo lo que se supone quería establecer al principio la cinta. A partir de este punto no hay marcha atrás y todo se convierte en una sucesión de eventos cuestionables en cuanto a su resolución y la catarsis que buscan en el espectador. Es sin duda importante que una película de ciencia ficción logre encontrar su corazón, encontrar su humanidad para no perdernos en un mar de números y frialdad tecnológica.

Sin embargo, esto no excusa ni justifica invocar a la visceralidad más básica y reductiva posible. Toda la ciencia de la película termina como esclava del “amor”, de un amor de padre e hija mal contado, de un amor vago y ambiguo del personaje de Hathaway, quien queda reducida a estos diálogos tan azucarados. En otra escena Cooper declara que debía ser un padre responsable y no “traumatizar” a su hija al decirle que el mundo se acabaría. La película lo vende como una decisión fuerte y madura, pero termina por poner al personaje como un padre sobreprotector que subestima a su propia hija.

La propuesta visual de Nolan es de a ratos muy interesante y compleja pero en otros, fría y estéril. Una vez más, el realismo de cómo luce un hoyo negro debe aportar mucho más a nivel estético. La composición general del relato termina por convertirse en otro festín de tonos monocromáticos. Eso si, muy realistas, pero poco o nada llamativos y esto es algo que si debe importar en la ciencia ficción, para bien y para mal, guste o no. Para cuando el acto final llega todas las contradicciones ya descritas chocan en un desenlace tan anticlimático como predecible en su manufactura. Demasiado metraje es dedicado a escenas de rutina de astronautas ocupados con máquinas y equipos que sabemos los traicionarán de un momento a otro.

Christopher Nolan es alguien que opera mejor cuando está más consciente del rango que puede abarcar con sus historias. Memento - 92% y Dunkerque - 92% son prueba de ello y se mantienen como sus mejores trabajos. Interestelar - 71% es sin duda una de las cintas más ambiciosas de los últimos años, pero tal ambición la desorientó con tanta fuerza que la importancia del viaje se volvió borrosa para el mismo Nolan. 2001: Odisea del Espacio - 96% de Stanley Kubrick, o Solaris - 66% de Andrei Tarkovsky, supieron donde empezaba la ciencia y donde terminaban las emociones, Interestelar - 71% jamás se enteró.

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