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RESEÑA: El Hombre Invisible | Los horrores de invisibilizar la violencia doméstica

La más reciente adaptación del clásico relato toma una dimensión horrorosamente verosímil

Se ha dicho muchas veces, pero jamás es un exceso recordarlo: la mejor ciencia ficción usa la tecnología y el conocimiento para revelar la naturaleza humana. Los más grandes textos y obras de este género así lo demuestran. El Hombre Invisible, la novela original de H.G. Wells , lo hizo en su momento con la violencia que yace detrás del poder del anonimato y ahora el director Leigh Whannell le da un giro para hablar un horror real que azota el mundo y particularmente a nuestro país: la violencia de género.

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Luego de tramar un meticuloso escape, Cecilia (Elisabeth Moss) se refugia en casa de un amigo de su violento exnovio, Adrian Griffin (Oliver Jackson-Cohen), un brillante científico que abusaba de forma física, psicológica y sexual de ella. Tras enterarse de su suicidio, extraños sucesos convencen a la protagonista de que él ha encontrado una forma de ser invisible y atormentarla sin temer las consecuencias, desafortunadamente el mundo la tacha de loca. Esa es la premisa de El Hombre Invisible - 90%, la adaptación que esta semana llega a cartelera y consigue convertirse en una metáfora de la vulnerabilidad en la que las víctimas de este tipo de violencia se encuentran.

Aunque de inicio, la idea de un hombre invisible como un abusador impune puede parecer algo obvia como alegoría de la falta de credibilidad que, todavía en la era del #MeToo, las mujeres víctimas de violencia experimentan, conforme la trama avanza queda claro que no había mejor manera para hacer visibles, valga la ironía, las violentas experiencias que ellas viven cuando amigos, familiares e incluso la justicia (en el filme representada por un abogado cercano al antagonista) se rehúsan a creerle y la tratan de convencer de que se lo está imaginando y la enferma es ella. Secuencia tras secuencia, el paralelismo resulta cada vez más apropiado para transmitir la desesperación que la protagonista atraviesa y que muchas mujeres viven en la vida real.

Sumado a la impecable interpretación de Moss, que ayuda a pulir el vaivén entre víctima y sobreviviente que el guión exige, a veces de forma algo brusca, la dirección de Whannell es muy inteligente al construir suspenso. El realizador notó que con un villano invisible hay mucho potencial para que el movimiento de cámara ayude a generar tensión, y que por esa misma razón podría evitar los jumpscares predecibles y los lugares comunes, como situar escenas en lugares oscuros. Una de las mejores secuencias sucede en una cocina completamente iluminada, en la que la amenaza invisible puede usar cualquier cosa a su alrededor como arma. Mucho del aquel dinámico movimiento de cámara de Upgrade: Máquina Asesina - 86%, que sigue la acción en un mismo plano al inclinarse o girar de diferentes formas, se mantiene en el segundo largometraje de este director.

Aunque su exploración temática y agilidad técnica es brillante, quizá el mayor y más notorio defecto de El Hombre Invisible es la pobre construcción de personajes. Fuera del propio Griffin y Cecilia, los papeles secundarios son completamente planos. En varias secuencias, tenemos que escuchar de la propia protagonista cómo son y qué significan para ella. Parece que el apresurado ritmo del filme no les dio el tiempo de mostrar esos vínculos con la protagonistas, y estos se explican para que el espectador se forme una idea muy rápida de por qué aparecen en la película. Esto tiene consecuencias pues más tarde cuando ellos también se vuelven el blanco del antagonista, la audiencia no siente ninguna empatía por ellos.

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Como mencionamos, el paralelismo entre la invisibilización de la violencia y el abusador, literalmente invisible, es efectivo. Pero quizá el punto en el que la película es más arriesgada es en el desenlace. Sin revelar más, la película propone una solución muy cruda al abusador aparentemente “intocable” de Cecilia. Y la respuesta que la protagonista encuentra está lejos del ideal de justicia al que muchas veces se les pide buscar a las mujeres cuando son víctimas de abuso. De la misma forma que las protestas en contra de los feminicidios, y la impunidad que los permite, la película no tiene un final esperanzador sobre leyes justas dentro del sistema penal, sino una en la que la víctima debe tomar el asunto en sus propias manos.

El Hombre Invisible - 90% es aterradoramente parecida a la realidad y ese es el objetivo que todo relato de ciencia ficción tiene como meta. Pero quizá más importante, es la verdadera razón por la que da miedo, porque nos deja ver (valga la ironía una vez más) que no hay peor monstruo que el que llevamos dentro y que definitivamente, la violencia que no vemos, o a veces nos negamos a ver, es la que más daño porvoca.

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