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RESEÑA: Tiempo sin Pulso | Un buen reflejo emocional

La directora Bárbara Ochoa, apuesta por utilizar nuevos estilos narrativos en su ópera prima.

Tiempo sin Pulso , dirigida por Barbara Ochoa, cuenta la historia de Bruno (Andres Lupone), un adolescente que evita tener contacto con los demás y hasta consigo mismo, pues reprime a toda costa sus deseos sexuales. Bruno, está a punto de cumplir diecinueve años, pero Martha (Carmen Beato), su madre se aferra a festejar a Esteban, el hijo mayor que tiene dos años de haber fallecido. Las cosas comienzan a cambiar cuando Bruno se reencuentra con su primer amor, Elisa (Alejandra Cárdenas), una bailarina que podría ser capaz de generar las emociones suficientes en el joven para que empiece a disfrutar de la vida.

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Andres Lupone, hace su debut como si antes de esta película estuviera respaldado por una larga trayectoria en el mundo del cine. En ningún momento se permite mostrarse como un novato de la actuación y en cambio, construye a su personaje con suficiente profesionalismo. La actuación de Carmen Beato (Somos lo que Hay - 85%), es bastante natural y aunque la película es un drama familiar, la actriz no permite que su interpretación raye en el melodrama, equilibra con gran acierto la intensidad de sus reacciones. Beato es capaz de trasmitir al espectador, incluso cuando no tiene diálogos, lo consigue a través de miradas en las que se alcanza a reflejar la psicología de su personaje. La interpretación de Alejandra Cárdenas es espontánea y llena de carisma, que junto al optimismo de su personaje se crea un buen equilibrio que permite a la película respirar en las escenas que aparece.

La dirección de fotografía a cargo de Sebastián Hiriart (Filosofía Natural del Amor), utiliza un aspecto 4:3 que convierte a esta película en un retrato profundamente íntimo. Emplea planos generales, que nos conectan con la soledad de Bruno y planos detalle que están perfectamente logrados para acércanos a la intimidad de ese personaje principal, pues casi se pueden leer sus emociones y sentimientos a través de los poros, de uñas mordidas, de las pestañas, de los nudillos, del iris y contracciones musculares. Las imágenes consiguen ser bastante propositivas a través de una excelente composición, la cual aprovecha los espacios de cada locación en sus encuadres. Una cámara que a momentos se queda fija igual que la angustia en los personajes. Movimientos de cámara que en primera instancia nos introducen al relato, también nos hacen formar parte de la familia y del drama con tomas más largas que no nos permiten escapar de la narración.

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En la fotografía, también abundan los reflejos, los cuales, juegan de una manera muy interesante. Aquí los reflejos muestran un contraste entre los personajes, entre lo que viven y lo que sienten, entre lo que parece estar bien, pero a la vez está difuminando, entre la paz interior y la inestabilidad. Un juego de dualidades que se muestra con bastante ingenio y sutileza, a partir de un modelo narrativo que refresca los modelos tradiciones o sobreexplicativos. Entonces, se aplaude por no recurrir a diálogos innecesarios para expresar lo que se puede hacer con otros elementos más cinematográficos. En ese sentido, la película también se apoya en el diseño sonoro, con el que podemos escuchar la ansiedad y frustración de Bruno a través de atmósferas disonantes.

El diseño de producción incluye los elementos necesarios para que a partir de los objetos uno pueda conocer más acerca de los personajes, tanto de sus presentes como de sus pasados. El arte y el vestuario, están regidos bajo una paleta de color que incluye tonos sepia y deslavados, que van acorde al desgaste emocional y el estado anímico de madre e hijo y en general al tono de ausencia que permea en el relato. Como si en el proceso de pérdida de un familiar se perdieran todos los colores que existen a nuestro alrededor, como si estas tonalidades se pudieran traducir en lo que físicamente está presente, pero psicológicamente está totalmente negado a conectar con la realidad.

De manera adyacente se presentan temas sociopolíticos, en específico la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, un hecho que sigue siendo una herida abierta en el país, pues marcó la vida de 43 familias y de toda una sociedad. Aunque es un hecho paralelo a la trama, empata bien con el dolor y la frustración que viven los miembros de la familia ante la pérdida de un hijo o de un hermano. El guion logra capturar ese proceso de duelo que muchas veces apenas alcanzamos a conocer. El guion evita caer en obviedades y desde la trama hasta los diálogos, está escrito de una manera inteligente por parte de Ochoa.

La película nos mantiene enganchados por la calidad narrativa y técnica con la que está construida. El elenco principal denota talento entregando actuaciones completamente verosímiles y cada departamento está en función de la historia. Hay un excelente trabajo de dirección de actores y un impecable trabajo de fotografía que nos adentra desde el principio a la trama. Los reflejos también permiten que está película sea un espejo a nuestras emociones, las cuales nos llevan empatizar con la situación de los personajes. Tiempo sin Pulso es un trabajo introspectivo, con conflictos de personajes, que resulta interesante ver cómo se desarrollan los arcos dramáticos de los protagonistas. Recomendable para quienes aprecien estilos narrativos que se atreven a romper los convencionalismos del cine mexicano.

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