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Porto | Minimalismo para la fugacidad amorosa

En Porto encontramos un filme pequeño por su duración, pero enormemente estimulante en su construcción formal y simbólica. Un relato minimalista sobre la fugacidad amorosa y sobre ese momento al que siempre queremos volver

Cuando ocurre la muerte de un actor de forma inesperada la curiosidad en torno a sus últimos trabajos siempre demandará nuestra atención, todavía más si el actor en cuestión tenía a cuestas una carrera comprobada como histrión de amplio registro que bien se movía en el cine de gran presupuesto como en las producciones independientes en las que encontraba esos espacios para entregar los destellos de delicadeza y finura que auguraban una filmografía prometedora en su madurez, tal fue el caso de Anton Yelchin, el actor ruso-estadounidense mundialmente conocido por su papel de Pavel Chekov en la Star Trek - 95% de J.J. Abrams que partió dejando un puñado de películas que constatan su temple y técnica, una que tras la proyección de Porto - 64% nos deja con una idea circundando en nuestro pensamiento: ¡cuántas brillantes interpretaciones de Anton Yelchin jamás veremos!

Porto, el debut en la ficción del director brasileño Gabe Klinger da testimonio de la ascendente carrera del protagonista de Amantes de 5 a 7 - 72%. Efectivamente, este sumergimiento al viaje melancólico de dos personajes fracasados hacia un momento perdido en el tiempo funciona como un estudio de personajes que permite el lucimiento de los pocos intérpretes que ejecutan un argumento sencillo, austero y mínimo cuya duración es la exacta: 76 breves minutos en una semejanza formal y discursiva como pocas veces encontramos en el cine.

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Para entender las efectivas decisiones que tomó Klinger en la construcción y ejecución de esta pieza, además de la duración mencionada, es pertinente esbozar su sinopsis: Jake (Yelchin) y Mati (Lucie Lucas) son dos extranjeros que viven en la ciudad portuguesa de Porto. Él es un solitario norteamericano exiliado de su familia; ella es una estudiante francesa que se encuentra de viaje con su amante. Un día ellos se ven a la distancia en una zona arqueológica, luego se vuelven a encontrar en una estación de tren y, posteriormente, en un café en donde Jake reúne el valor para hablarle a Mati por primera vez. A partir de ahí, ambos se embarcarán en una noche de mucha intimidad. Esta experiencia es recordada años después por Mati y Jake cuyas vidas se han separado, pero ambos aún viven atormentados por los importantes momentos que compartieron.

Teniendo a la ciudad costera de Porto como un personaje más del filme y contada en tres partes en la que cada una de ellas correspondientes al punto de vista de Jake, de Mati y la de ambos para analizar desde su perspectiva el fugaz encuentro emocional y sexual, Klinger ha delineado una propuesta rica en referencias, principalmente, narrativas que demuestran la influencia que han ejercido en su obra cineastas como Jim Jarmusch o Richard Linklater con su trilogía Before (Antes Del Amanecer - 100% / Antes del Atardecer - 95% / Antes de la Medianoche - 98%), de hecho, vale la pena apuntar que el primer largometraje del brasileño es el documental Double Play: James Benning and Richard Linklater por lo que su admiración al cineasta estadounidense quedó más que manifestada. De igual forma, esta historia de soledades y de individuos que comparten el frenesí carnal casual sin intención de vincularse (o, al menos, no como meta principal), pero que termina generando emociones que los perseguirán a la larga, tiene ecos de El Último Tango en París - 79%.

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Por otro lado, el rubro visual es herencia del estilo de la legendaria Chantal Akerman quien, dicho sea de paso, tiene una pequeña aparición como actriz en el filme. Sin embargo, Klinger no se queda en la referencia, Porto lo hace emerger como un cineasta con una voz propia y una propuesta estilística definida con la que ha superado a sus maestros y crea su propio nicho.

Así es como en Porto encontramos un filme pequeño por su duración, pero enormemente estimulante en su construcción formal y simbólica, un festín que en poco más de hora y cuarto de metraje hace desfilar ante nuestros ojos imágenes en proporciones rectangular o cuadrada capturadas en digital o película, siempre utilizadas a favor del discurso: composiciones cálidas que recuerdan instantáneas o postales para los momentos de remembranza idílicos o bien, una puesta en escena más abierta y distante, intencionalmente fría para documentar la desangelada y frustrante cotidianidad de la efímera pareja en sus soledades, todo ello en un ánimo de anhelo por esa persona que se conoció y se compartió en una sola noche pero que dejó una marca imborrable configurando esa ilusión fallida.

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Porto - 64%, es pues, un pequeño gran regocijo cinematográfico que ha sobrepasado el mero ejercicio de estilo, un filme que obliga a repensar los parámetros del estilo minimalista y una película que rehúye del convencionalismo para reinventar las historias de amores imposibilitados que, inevitablemente, le añaden aires románticos para hacerla atemporal.

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