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Lady Bird | La rebeldía confundida con el capricho

En su debut en pantalla grande Greta Gerwig pretende narrar una historia de maduración a la vez que ofrece un retrato generacional, pero sus autolimitaciones le impiden alzar el vuelo

En 2002 fue estrenada Orange County (conocida en México como Pena ajena), comedia de Jake Kasdan que se centraba en los esfuerzos de un joven por lograr entrar a una prestigiosa universidad con el afán no sólo de realizarse profesionalmente y perseguir su deseo de ser escritor, sino de tener la oportunidad de dejar atrás tanto a su comunidad -la cual siente que ya le queda muy chica para realizar sus anhelos- como a su disfuncional familia, y tratar de encontrarle un rumbo significativo a su vida.

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¿Qué pasaría si a esta misma premisa se le transformase en un melodrama, se le despojase de todo el humor -en especial, el irreverente-, y se le diese un tono políticamente correcto así como una perspectiva femenina? Seguro se obtendría algo muy parecido a Lady Bird - 97%, la ópera prima de la actriz Greta Gerwig, quien además es colaboradora y pareja sentimental del director Noah Baumbach (Historias de Familia - 93%; Mientras Somos Jóvenes - 84%; Los Meyerowitz: La Familia No Se Elige - 93%).

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Casualmente, la trama del filme de Gerwig también tiene lugar en 2002, y transcurre en Sacramento, California, donde vive Christine McPherson (la cual prefiere que la llamen Lady Bird, tratando así de forjarse una identidad propia), quien desdeña las universidades de su localidad y busca ser aceptada en alguna universidad de prestigio, albergando el anhelo de irse a vivir a la cosmopolita Nueva York y dejar atrás una comunidad que menosprecia por carecer de cultura u otro atractivo que ofrecerle, deseosa además de volar del nido familiar afectado por una precaria situación económica. Sus deseos le provocan choques constantes con su madre, quien le insiste ponga los pies en la tierra y se adapte a lo que está dentro de sus posibilidades (particularmente las financieras).

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Construida a partir de una serie de viñetas ilustrando momentos importantes en el cotidiano de la protagonista mientras alcanza su mayoría de edad, consigue independizarse y logra partir en busca de sus sueños; la directora pretende desarrollar un relato de maduración sensible y cándido, apoyado en el trabajo actoral de su protagonista (una desbordada Saoirse Ronan) y la progenitora de la misma (la estupenda Laurie Metcalf).

Sin embargo, lo que este coming-of-age puede tener de dulce y encantador, también lo tiene de vacuo, iniciando por la actitud y motivaciones de su personaje: Lady Bird es irascible, egoísta, grosera, voluble e intolerante como cualquier adolescente de su edad. Pero tales conductas son exaltadas por la película más como virtudes de las cuales alardear que como obstáculos a superar en pos de un crecimiento, y el protagonista está presentado de tal forma que luce como una versión indie y descafeinada de Lisa Simpson, con toda su neurosis pero muy poca de su inteligencia.

Por otro lado, las rabietas y desplantes de “rebeldía” de Lady Bird tampoco parecen tener una razón de ser, porque en realidad no hay un entorno represivo (ni en el hogar, ni en la escuela) al cual desafiar ni contra el cual rebelarse. Por lo contrario: todos en su comunidad parecen ser más tolerantes, equilibrados y afables que ella. Y su rebeldía adolescente obedece meramente a una cuestión de hastío, lo que de entrada la vuelve un tanto gratuita, quedando patente además que dichas demostraciones de desobediencia no pasan de ser travesuras inocuas y “chistosas” o la sumo, berrinches exacerbados de niña encaprichada sin consecuencias graves. Christine se comporta más como una drama queen que como una joven luchando por su lugar en el mundo.

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La pasmosa trivialidad de su personaje contamina también a la trama, desembocando en una mirada muy complaciente y edulcorada de la adolescencia, con un tono en exceso progresista y políticamente correcto. Su argumento está tan preocupado por mantenerse incluyente, tolerante y no ofender a nadie; que termina por volverse frívolo y gratuito a más no poder. Y es peor aún cuando se intenta adornarle con referencias culturales metidas con calzador (como pasa con Las uvas de la ira de John Steinbeck ) tratando de conferirle al filme un aura de cierta intelectualidad, pero que sólo lo vuelven pretencioso.

Al final del día, como le pasa a la propia Christine quien buscando su verdadero yo, finge ser otra persona, la película simula ser un retrato generacional de grandes alcances y profundidad, cuando no es más que una versión sobrevalorada, solemne, insípida y en clave hipster de cualquier comedia de adolescentes. Y hay varias de estas últimas que abordan el mismo tema con mayor elocuencia y solvencia.

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