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Los Cabos 2022 | RESEÑA: Los Espíritus de la Isla | La depresión como guerra civil

McDonagh regresa con la historia de dos amigos sumergidos en el nebuloso sendero de los desórdenes mentales. No en vano Colin Farrell ganó la Copa Volpi a Mejor actor en la pasada edición de Venecia. Y Gleeson se merece el mismo aclamo

La crudeza que se requiere para hablar sobre la salud mental puede resultar extrema para algunos. De ahí que, sumado a otros motivos que estigmatizan el tema, se hable poco de ella y sus a veces irremediables consecuencias. Con un seco sentido del humor, Martin McDonagh le da un carácter metafórico a la depresión con la enigmática ruptura entre un par de amigos y presenta así la particular guerra civil contra uno mismo, y los que queremos, que es este tipo de desorden mental en Los Espíritus de la Isla (Los Espíritus de la Isla (95%)).

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Con la Guerra Civil Irlandesa de fondo, Los Espíritus de la Isla es la historia de Padriac (Colin Farrell) y Colm (Brendan Gleeson) dos amigos que viven en una isla cerca de la costa de ese país. El filme arranca cuando el primero descubre que el segundo no quiere continuar con su relación y le pide no dirigirle más la palabra. Los motivos de la separación no se explican, pero la insistencia de Padriac obliga a Colm a tomar medidas cada vez más extremas para mantenerlo a raya.

Si recuerdan la maravillosa 3 Anuncios por un Crimen (93%), no les sorprenderá el perspicaz ojo de McDonagh para usar el humor como alivio ante el más brutal dolor. Una vez más, el realizador emplea este recurso en los márgenes de su relato para equilibrar la pesada sombra que se esconde detrás del estado mental de Colm y los violentos métodos a los que recurre para alejarse de quienes lo quieren.

Aunque el propio McDonagh admite que Los Espíritus de la Isla (95%) realmente abarca más temas que la amistad y la salud mental, las metáforas de la película que los tocan, y en particular al segundo, son algunas de las más filosas y precisas para abordarlos. Es un testimonio del talento del también guionista y de su sentido figurativo.

Por ejemplo, Colm amenaza con cortarse un dedo cada vez que Padriac falte a su deseo de ignorarlo. Lo brutal de este acto, y de la determinación de quien lo advierte, dan relieve al peligroso camino que representa para alguien extender una mano a quienes padecen de depresión u otra enfermedad mental y la pesadez del aislamiento que estas personas pueden imponer a sí mismas y a los demás.

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La ferocidad de esa ruptura es palpable gracias al espectacular elenco. No en vano Farrell ganó la Copa Volpi a Mejor actor en la pasada edición de Venecia. Y Gleeson se merece el mismo aclamo por encontrar la forma de ocultar los motivos de su personaje con sutileza a la vez que permite entrever que no es honesto en sus explicaciones y que hay un firme dolor detrás de la muralla que levantó entre su personaje y el de Padriac.

Más que un comentario político sobre el tema, aunque seguro podría también interpretarse así, enmarcar el relato en la Guerra Civil Irlandesa parece otra alegoría ágil sobre la forma en la que ciertos trastornos mentales son una batalla de la mente contra sí misma, del individuo contra sí mismo. Y en ese sentido, parece plantear que la intervención ajena, como la de familiares y amigos, puede ser la diferencia entre un “bando” y otro.

Los Espíritus de la Isla se aleja de respuestas, pero navega entre lo nebuloso de los desórdenes mentales con sorprendente humor y sin esconder los golpes emocionales más fuertes del desenlace. La película todavía no tiene una fecha de estreno, pero estará exhibiéndose en el Festival Internacional de Cine de Los Cabos está semana y llegará próximamente a cines.

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