La esperada biopic ‘Michael’, basada en las primeras dos décadas de la trayectoria artística del ‘Rey del Pop’, llega a salas de cine este 22 de abril. Se trata de una de las películas más anticipadas de 2026, no solo por las implicaciones culturales que rodean a Michael Jackson, sino también por la expectativa de una biopic dramatizada que, tras regrabaciones y dificultades, hizo grandes promesas.
Dirigida por Antoine Fuqua, la cinta se centra en la complicada relación entre Joseph Jackson y su hijo Michael, quien desde los 10 años comenzó a presentarse con los Jackson 5. A partir de ahí, seguimos su ascenso a la fama, marcado por ensayos extenuantes, abusos y una infancia profundamente afectada por la presión familiar.
A través de saltos temporales, la película recorre momentos clave de su evolución artística, desde la creación de ‘Thriller’ hasta su icónica presentación de ‘Billie Jean’ en el 25 aniversario de Motown, mientras también retrata sus intentos por emanciparse de la figura dominante de su padre.

Los aciertos de ‘Michael’
La biopic de ‘Michael’ es, ante todo, una experiencia disfrutable, divertida y sumamente entretenida. Es una película que se siente hecha para la pantalla grande: la nostalgia se dispara y las ganas de cantar y bailar aparecen inevitablemente en cada número musical.
En ese sentido, la espectacularidad de sus secuencias musicales es innegable y te absorben por completo. Gran parte del metraje está construido alrededor de estos momentos, que logran capturar la energía, el impacto y la grandeza del fenómeno Michael Jackson.
Pero el verdadero motor de la película es Jaafar Jackson. Su debut absorbe al espectador con su encantadora interpretación y la manera tan magnética de encargar al ‘Rey del Pop’.
Jaafar no solo sorprende la precisión con la que reproduce gestos, miradas y movimientos, sino la presencia escénica con la que se adueña del personaje. Hay una entrega total en su interpretación que sostiene la película incluso en sus momentos más débiles.
Además, logra transmitir esa dualidad entre el Michael íntimo y el artista en el escenario, mostrando vulnerabilidad en escenas de introspección y una energía explosiva en los números musicales.
Mención especial merece Colman Domingo, quien impone el carácter dominante de Joe en cada movimiento. Aun con las limitaciones del guion, construye un personaje sólido y matizado que fácilmente podría colocarlo en la conversación como Mejor Actor de Reparto.
En general, la película logra avivar la nostalgia del público y construir un espectáculo visual y musical que conecta de inmediato con la audiencia. Un agasajo para los fans de Michael Jackson.

Lo que nos quedó a deber ‘Michael’
Sin embargo, hay varios elementos que le restan profundidad a la película. El principal problema es la falta de complejidad en su protagonista. Aunque Jaafar Jackson hace un trabajo notable, el guion limita el desarrollo emocional de Michael, presentándolo como una figura solemne y, fuera del escenario, sorprendentemente monótona.
Y no, no se trata de exigir que la película aborde sus polémicas, sino de explorar con mayor riqueza su mundo interno: sus emociones, inquietudes y contradicciones. Ese espectro queda apenas insinuado.
A esto se suma un tratamiento maniqueo de los personajes que simplifica en exceso los conflictos. La película traza, con demasiado, ahínco las líneas entre ‘buenos’ y ‘malos’, particularmente en la figura de Joe, quien queda reducido casi por completo al rol de antagonista, sin matices que complejicen su relación con Michael.
Esta falta de grises en el guion también impacta directamente en el protagonista, pues lo coloca dentro de un molde rígido, el cual le deja poco margen para profundizar y deja de lado la posibilidad de que conozcamos las propias contrariedades de Michael Jackson, algo que es inherente a su personalidad.

Los saltos temporales también juegan en contra. La intención de abarcar dos décadas de su vida provoca una narrativa acelerada, con conclusiones apresuradas y reflexiones que se sienten superficiales o poco orgánicas. Esto, sumado a una pérdida de fuerza en el drama, hace que por momentos la conexión con la historia se diluya.
Hay decisiones narrativas que priorizan el espectáculo por encima del fondo. Aunque los números musicales son impresionantes, terminan desplazando aspectos fundamentales del legado de Michael Jackson, como su revolución musical con ‘Thriller’, su colaboración con Quincy Jones o su relación con Paul McCartney.
Incluso momentos clave, como la grabación de ‘Beat It’ y su impacto sociocultural, se sienten reducidos a pequeños destellos casi incidentales derivados de ocurrencias.
En cuanto al apartado técnico, resulta llamativo que el maquillaje y peinado, que deberían ser una de las grandes fortalezas, en ocasiones jueguen en contra. El uso de CGI y prótesis llega a romper la inmersión en escenas de alta carga dramática, restándoles impacto emocional.
Finalmente, la película cae en una fórmula común de muchas biopics: el enaltecimiento del protagonista sin suficientes matices. Los personajes, en general, se mueven dentro de un halo poco complejo, lo que termina por reforzar esa sensación de una historia contenida, controlada y, por momentos, desangelada.