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RESEÑA: Titixe | Preservar la memoria a través de la naturaleza

Este largometraje de la directora Tania Hernández Velasco, es el retoño de una serie de memorias que viven de manera infinita en el espacio-tiempo, a través de la poesía audiovisual.

El tema de este documental de la directora Tania Hernandez Velasco, me remite a la obra maestra The Gleaners & I - 92% (2003) de Agnès Varda (Rostros y lugares), e incluso alberga la esencia y la calidez de Le Bonheur (1965), también de Varda. Por momentos, también recuerda al lado agridulce de Honeyland - 100% (2019), de Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov, sin embargo, Titixe, película que se estrena este fin de semana en la Cineteca Nacional, alberga una historia muy particular: El último campesino de una familia mexicana ha muerto y con él se ha ido toda sabiduría para trabajar la tierra. Sin experiencia agrícola, su hija y su nieta (la realizadora del documental), intentarán una última siembra para convencer a la abuela de quedarse con el terreno familiar. Juntas encontrarán los vestigios de este hombre y su trabajo.

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Titixe nos plantea el conflicto de esta historia desde su prólogo. Con una estructura lineal, la directora consigue sembrar en el espectador varias preguntas dramáticas que lo mantendrán interesado de principio a fin y con ganas de saber qué es lo que pasará con ese terreno familiar y todos los recuerdos que se encuentran sembrados en dicho lugar. La premisa es sencilla, pero Titixe se convierte en un viaje lleno de emociones, gracias a las historias que los personajes revelan con honestidad frente a la cámara. Este largometraje dura apenas una hora, pero es tiempo suficiente para encariñarse con todas las personas que aparecen a cuadro compartiendo sus memorias, algunos de estos momentos son tristes y como un rastrillo que abre la tierra en el campo, las palabras consiguen raspar ciertas fibras emocionales, no obstante, algunas de estas anécdotas también alcanzan a sacar varias sonrisas.

Titixe es un documental que, aspira a darle vida a los recuerdos de un ser querido que ya partió, y la directora logra su objetivo a través de la poesía audiovisual. Nos comparte como ella y sus familiares pueden sentir que su abuelo sigue cerca de ellos, plantando nubes que posteriormente regarán el suelo estéril para que broten flores. Este trabajo se construye a partir de pequeños y hermosos detalles que elaboran un digno homenaje, el cual también es capaz de darle presencia y honor al abuelo de la autora.

Además de la memoria familiar, el documental también rescata otros temas muy importantes como el ser respetuosos con el medio ambiente, y tratar a la flora como cualquier otro ser vivo. Sin llegar a ser un documental de denuncia, se expone cómo es mal pagada la actividad agrícola dentro de un sistema capitalista, pues detrás de todos los productos agropecuarios, los campesinos atraviesan grandes dificultades como las temporadas de sequía y hasta la pérdida total de sus cosechas a causa de las lluvias con granizo. Sobre esa línea, Titixe nos permite apreciar la importancia del agua para la siembra y los momentos en los que la madre naturaleza se puede convertir en una antagonista para la agricultura.

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Los apartados técnicos de la cinta de Hernández Velasco tienen grandes aciertos y un potente valor artístico. En este trabajo, los movimientos de cámara provocan la sensación que entre el cielo y el suelo se mantiene la presencia de un ser intangible frente a nuestros ojos, un ser querido que se encuentra ahí pero que no es posible verlo a simple vista. Los ángulos de cámara se encargan de dignificar a los personajes a través de planos contrapicados. Los planos bolivianos nos anuncian lo que está por venir, cuando la directora nos muestra paso a paso el proceso de la siembra.

Una serie de primerísimos primeros planos a los rostros y las manos de los personajes, nos dejan respirar la intimidad que recubre todo el documental. Los planos detalles de la tierra y de la plantas, nos permiten apreciar las peculiaridades de este terreno familiar. Finalmente, las tomas generales se convierten por momentos en paisajes, nos sumergen en la calidez de esta atmósfera rural, en un paraíso donde se entrecruzan el sol y las nubes, en el cual es posible apreciar el azul del cielo y la forma de la luna, ya que no hay grandes cantidades de contaminación en el aire como en las zonas urbanas. En Titixe se alcanza a respirar la calidad del oxígeno puro, el olor a tierra mojada y la naturaleza de un proyecto hecho desde el corazón.

El sonido directo es impecable y consigue registrar los sonidos más entrañables del campo: el ruido que hacen algunos animales como los pájaros cantando entre los arboles; el extraño sonido de diminutos insectos en la tierra; el rugido de los truenos en el cielo; el sonido de la lluvia, que suena a gloria para los campesinos; el crujido de las ramas y la hierba seca. Todo suena tan limpio y orgánico que facilitan la entrada al espectador hacia este universo. También se hace uso de un par de canciones de música regional que le dan un sentido de identidad y pertenencia a la película.

En conclusión, Titixe es un homenaje al patrimonio que dejó un ser querido de la directora Tania Hernández Velasco. Es un retrato familiar que consigue ser universal por abordar con empatía temas como la nostalgia, la ausencia, la soledad, la perdida y el valor de las segundas oportunidades. Es innegable el gran potencial emocional de esta historia y resulta una película sumamente conmovedora. Es un retoño de memorias que ahora vivirán por siempre a través del cine.

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