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La Casa de Jack | La autovalidación absoluta de Lars von Trier

Lars von Trier ha conseguido un filme hipnótico que, entre otras cosas, transmite su gozosa libertad narrativa para ensayar sobre temas incómodos en tiempos de la corrección política. En seguida te contamos por qué La Casa de Jack es uno de los filmes más audaces de este año.

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La Casa de Jack | La autovalidación absoluta de Lars von Trier

Lars von Trier ha conseguido un filme hipnótico que, entre otras cosas, transmite su gozosa libertad narrativa para ensayar sobre temas incómodos en tiempos de la corrección política. En seguida te contamos por qué La Casa de Jack es uno de los filmes más audaces de este año.

POR Alejandra Lomelí -

Uno de los sentidos que mejor ejercitado tiene Lars von Trier es su capacidad de perturbar y con su reciente película, La Casa de Jack - 56%, el danés ha traspasado límites que se había auto impuesto para labrar lo que parece ser un nuevo manifiesto que deja en la prehistoria aquel sueño llamado Dogma 95; una propuesta estética y narrativa que ya había mostrado desde su impactante Anticristo - 50%, pero que nunca había encarado de forma tan audaz. No es que Von Trier esté dispuesto a abanderar un nuevo movimiento o poner sus reglas por escrito porque nadie mejor que él para traicionarse a sí mismo, en vez de eso ha decido jugar con sus demonios e ideas provocadoras para construir una meditación sobre la belleza del asesinato y, de paso, auto validar sus inclinaciones y simpatías intelectuales.

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Para exponer estos principios, el director desarrolla la historia de Jack (Matt Dillon), un asesino en serie que narra a un interlocutor de nombre Verge (Bruno Ganz) cinco “incidentes” cometidos por él en un lapso de 12 años; asesinatos que lo llevaron a hacer, según sus propias palabras, cosas realmente horrorosas en busca de cumplir un propósito superior: encontrar la perfección artística. Y, es que, Jack considera que cada asesinato es una obra de arte en sí mismo.

Al elevar el asesinato al nivel de una obra de arte, Lars von Trier ha hilvanado una película sin prejuicios ni tapujos que le ha dado una libertad absoluta para hablar de temas escabrosos y dejar en claro, de una vez por todas, sus radicales ideales. En este sentido, no deja de parecer absurdo que esta película haya tenido su premiere durante el Festival de Cannes, evento que una vez declaró a Von Trier como persona non grata debido a sus comentarios sobre Adolfo Hitler; absurdo ya que varios de los temas que cimentan el guión de La Casa de Jack giran en torno a la xenofobia, la misoginia y, efectivamente, las bondades del exterminio, la eficacia de los regímenes totalitaristas y la simpatía por los figuras más odiadas de la humanidad (ajá, Hitler encabeza esa lista).

Por lo anterior, La Casa de Jack podría visualizarse como una confesión velada de su realizador, supuesto que podría apoyarse gracias a un clip recopilatorio de películas dirigidas por el cineasta (Medea - 86%, Melancolía - 79%, Bailando en la Oscuridad - 68%, Ninfomanía: Primera Parte - 75%, etc.) que hace su aparición en el momento en que Jack elabora una sentencia para echar por tierra la idea de que, a través de la ficción, los artistas dan rienda suelta a sus perversiones más retorcidas con la intención de liberarse de la represión moral que los aprisiona en una realidad regida por leyes y normas sociales en la que los crímenes son castigados. Sin embargo, prefiero pensar que la película invita a tener una lectura sobre los principios artísticos y estéticos de Lars von Trier y no sobre su conducta, es por eso por lo que se afirmó al inicio de esta reseña que el filme es un nuevo manifiesto, aunque quizás sea mejor decir que es una reafirmación del cineasta, un ensayo sobre su percepción del arte y el lugar que él cree ocupar. Por otro lado, el largometraje diseñado sobre las bases del thriller le sirve a su autor como una exploración malsana de sus propios paradigmas, un estudio de personaje al que no juzga, sino que ha deconstruido y tomado como vehículo para zambullirse en una psique maniaca, fría y compulsiva.

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A lo largo de poco más de dos horas y medias de duración el danés muestra muertes, tensas torturas, mutilaciones y violencia de manera gráfica y sin tapujos, cierto que muchas de estas ejecuciones forman parte del catálogo de cualquier película slasher, pero llama la atención de quien lo firma y, aunque no nos asombra luego de ver el cruel destino que siguen sus personajes en películas como Bailando en la Oscuridad - 68%, Dogville - 70% y la ya señalada Anticristo, el danés jamás se había animado a tales grados de sadismo.

Paradójicamente, y siguiendo el pulso de sus trabajos previos, La Casa de Jack posee una fuerza visual arrebatadora, una imaginería formal con la que no sólo logra una bella puesta en escena, sino que también demuestra su buen entendimiento de la técnica cinematográfica y su estupendo manejo de los géneros cinematográficos: del lirismo gore se pasa por el suspenso al más puro estilo hitchcockiano, hasta llegar al ácido humor negro. Y, en el camino, el autor va plagando sus escenas de referencias a otras de las bellas artes como la arquitectura, la pintura y la música.

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Cierto es que para sostener todo este entramado Von Trier necesitaba a un actor que estuviera a la altura del particular personaje, Matt Dillon lo consigue al dar vida a un hombre obsesivo, perturbado y finalmente trastornado; realmente, Dillon ha conseguido entregar un asesino memorable que logra estremecer por la indiferente frialdad con la que comete los “incidentes”.

Consiguiendo trazar una película hipnótica Lars von Trier no sólo transmite libertad narrativa, también deja sentir que se ha divertido a borbotones. Así, La Casa de Jack - 56% queda como un filme audaz en los tiempos de la corrección política, hábil para burlar la censura y escarbar en esa delgada línea que separa lo moralmente correcto; en resumen, una shockeante mirada al arte de la aniquilación.

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