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El mito de la teoría del autor en el cine

De origen benigno, la teoría del autor en el séptimo arte ha terminado por mitificar la figura del director

La teoría del autor: tan benigna y noble en su origen, tan dañina a largo plazo. La idea de que un director se convierte en un autor al plasmar un estilo y lenguaje cinematográfico propio no es una idea alejada de la realidad, pero el concepto ha creado una mitología muchas veces dañina en la que el director de una película es amo omnipotente en el set de filmación. La teoría buscaba dignificar el trabajo del realizador, pero —en muchos casos— dio alas a centenares de directores mediocres y minimizó la labor realizada por directores de fotografía, editores, guionistas, directores de arte, compositores y productores. El director termina como una suerte de genio iluminado y, en el peor de los casos, como dictador cerrado a cualquier argumento o crítica a su labor.

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La palabra francesa auteur, traducida como autor en español, fue la que utilizó el director y crítico francés François Truffaut para describir su llamada teoría del cine de autor. En un escrito para la mítica revista Cahiers Du Cinema, el director de Jules y Jim - 97% escribió a los 21 años un ensayo titulado “Une Certaine Tendance of Cinema Francaise” (Una cierta tendencia del cine francés) donde definió la teoría del cine de autor, esto en enero de 1954. En este texto el entonces joven crítico señalaba que varios cineastas exitosos de la Francia de aquel entonces carecían de voz propia y sólo se limitaban a imitar estilos y a caer en lugares comunes —algo que podría decirse de otros directores tanto de cine abiertamente comercial como de cine de “arte” de la actualidad—. En el caso de Truffaut, su crítica iba dirigida hacia directores como Yves Allégret y Jean Delannoy, mientras que alababa a cineastas como Robert Bresson y Henri-Georges Clouzot.

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Truffaut, así como otros realizadores de la época, criticaba a Hollywood por su aparente monopolio en el cine de género y de entretenimiento. Truffaut abogaba porque el director incluyera más experiencias personales en su obra y dejara de lado al guionista, a quien consideraba menos importante; consieraba que el director debía tener control absoluto sobre la cinta porque reflejaba su personalidad en todos los sentidos. Truffaut criticó las adaptaciones literarias de aquel entonces al señalar que carecían de vida propia.

Truffaut escribió lo siguiente:

El artista no siempre puede controlar su trabajo, a veces queda como un dios y a veces como una criatura a merced de la obra. Estoy convencido de que la existencia de este cine de “psicología realista” impide que la gente pueda comprender trabajos que buscan introducir conceptos diferentes y novedosos.

André Bazin, crítico de cine y cofundador de Cahiers Du Cinema, decía lo siguiente respecto a este tema, que también era referido como “la política del autor”:

La política de los autores consiste, en resumen, en elegir la perspectiva personal en la creación artística como un estándar de referencia y asumir que ésta progresará de una cinta a otra. Se reconoce que existen ciertas películas de gran calidad que escapan a esta teoría, pero éstas serán consideradas sistemáticamente inferiores a aquellas que posean una estampa personal del autor, a pesar de lo mundano que pueda ser el escenario donde transcurre.

Fue alguien como Truffaut quien ayudó a elevar la figura de Alfred Hitchcock de “director de thrillers” a “maestro del suspenso" en el periodo de casi una década. Para cuando Alfred gozaba de este reconocimiento de la crítica en los 50 y 60 se podía dar el lujo de aparecer en los tráilers de sus películas, algo impensable aún en esta era. Definitivamente, no se puede negar que varias de las cosas dichas por Truffaut y Bazin son acertadas, pero otras resultan generalizaciones y una insistencia en envolver al director en una suerte de aire de misticismo. Esto fue algo similar a lo que se decía de pintores del Renacimiento, a quienes se les señalaba como provistos de una inspiración que llegaba desde el cielo y de la mano de dios.

Truffaut no negaba que hacer cine es un esfuerzo en conjunto, una labor de equipo, pero su insistencia en minimizar al guionista revela no un dejo de ignorancia, pero sí una fuerte dosis de arrogancia. Salvo que hablemos de un trabajo sumamente experimental, un guión siempre será la base de toda buena película y la realidad es que varios grandes directores en la historia del cine no han escrito los guiones de sus cintas más recordadas. Martin Scorsese, Ridley Scott y alguien como Denis Villeneuve no escribieron Taxi Driver - 98%, ni Alien - El Octavo Pasajero - 97% ni Blade Runner 2049 - 88%. Esto, por supuesto, no resta los méritos de dichos realizadores como los responsables de dirigir a los actores y ayudar a crear la atmósfera adecuada, pero también intervienen el director de fotografía y el editor. Ninguna de las dos versiones de Blade Runner serían lo mismo sin sus inmensas urbes futuristas, maquetas y efectos especiales creados por otros artistas involucrados. Sin Paul Schrader y Dan O'Bannon el mundo no habría conocido a Travis Bickle o a los alienígenas xenomorfos. Así que no, el mito del artista como autor supremo, total y absoluto no corresponde con la realidad.

Hay que entender, además, que la anécdota personal y la “visión” pueden ser sumamente subjetivas, elementos que no garantizan una narrativa ingeniosa ni que atrape. Quizá algo que ocurrió a un director sea interesante para su persona, pero eso no significa que lo sea para los demás. De igual manera, adaptar obras literarias no excluye la visión y toque personal, ahí está Apocalipsis Ahora - 99% como ejemplo de una adaptación de una novela clásica reinterpretada por Francis Ford Coppola. El mismo Truffaut eventualmente adaptó Fahrenheit 451 - 81% de Ray Bradbury y, sobra decir, lo hizo con su propia sensibilidad.

Un director que dirige de manera consistente tendrá marcas personales que se esparcirán en su trabajo, inquietudes y otros detalles que reflejen su idiosincrasia. Las tiene Woody Allen, las tiene Wes Anderson y las tiene Hayao Miyazaki. Sin embargo, el que algo sea personal sólo habla de eso, de algo que el director desea externar. Qué impacto o relevancia tenga en su trabajo dependerá mucho de lo que el resto del equipo de artistas involucrados realice, sin mencionar que cada uno aportará su sello. Así lo hace Emmanuel Lubezki con su fotografía o Ennio Morricone con su música.

A Truffaut podemos agradecer no solo grandes películas, sino haber contribuido con muchas cosas valiosas para enriquecer la crítica y análisis cinematográfico. Sin embargo, la realidad es que existe un aire excesivamente romántico y bohemio en su concepto de creación fílmica y tomarlo como un evangelio sería un grave error. No, no todo director tiene algo interesante que decir, aunque sea algo propio y ningún director puede dar vida a una obra maestra por su cuenta. Algunos como Orson Welles lo habrán logrado, pero son la excepción, no la regla; ni hablar de que cada género e historia tiene sus propias necesidades y características, sea una animación, una cinta de horror o un documental. Hacer cine siempre será un trabajo en equipo y eso es algo que todo aspirante a cineasta debe tener muy en claro antes de aventurarse a un set de filmación, porque hasta las mejores ideas necesitan trabajarse a consciencia y con dedicación, no sólo por inspiración divina.

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